Un buldózer gigantesco llamado renovación urbana

Por Carlos Botero el Sáb, 08/06/2019 - 11:59am
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Se jubiló de ferrocarriles nacionales pocos años después de los VI Juegos Panamericanos de Cali de 1971.

Por Carlos Enrique  Botero Restrepo

Arquitecto Universidad del Valle; Master en Arquitectura y Diseño Urbano, Washington University in St: Louis.

Profesor Maestro Universitario, Universidad del Valle. Ex Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad del Valle (de2012 a 2015) y Director del CITCE (Centro de investigaciones Territorio Construcción Espacio) de 2006 a 2010.


Se jubiló de ferrocarriles nacionales pocos años después de los VI Juegos Panamericanos de Cali de 1971. Tenía entonces 42 años, una edad muy común para retirarse en esa empresa estatal gracias a las conquistas laborales de su movimiento sindical argumentando el desgaste de salud provocado por el intenso trabajo en las máquinas a vapor y diésel y en las vías.

Siempre ha vivido en el Barrio Obrero, iniciado hace cien años para dar hogar a buena parte de los trabajadores del Ferrocarril del Pacífico, uno de los impactos urbanos más significativos de la implantación del sistema férreo por la entonces creciente empresa.

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Trajeado de ciudadano, asumió el hábito cotidiano de salir de su casa muy acicalado rumbo a la Plaza de Caicedo donde desde las 9 de la mañana tomaba posesión de un puesto de borde de una de las bancas de granito rosado dispuestas en el espacio circular donde se encuentra el epónimo Joaquín de Caicedo y Cuero. Sus amigotes coetáneos iban llegando uno tras otro y se instalaban muy cerca y alrededor de él para hacer el inventario de los acontecimientos diarios, muchas veces continuando una discusión del día anterior, otras muchas comentando las últimas noticias de Cali y del país.

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Vio nacer y desaparecer el Hotel Petecuy, un curioso experimento de renovación urbana sobre el borde occidental del barrio

Grabando solo en su mente lo comentado día tras día fue construyendo un relato que bien cabría como una particular historia urbana de Cali de la última mitad del siglo XX. Se pueden leer de su memoria verbalizada los cambios puntuales que se iban dando en su periplo diario.

Vio nacer y desaparecer el Hotel Petecuy, un curioso experimento de renovación urbana sobre el borde occidental del barrio, en la calle 15 con carrera 9, de lo cual solo quedan hoy la estructura, locales comerciales en el primer piso y cientos de bodegas de comercios cercanos que hoy son los inquilinos mudo de los pisos altos del más grande edificio que alguna vez tuvo el Obrero.

Los zapateros, verdaderos artesanos del calzado hecho a mano, fueron despareciendo uno tras otro, vencidos por la competencia de los productores industriales y, progresivamente, por el contrabando.

Vio romper a pedazos una a una las casas a lo largo del costado sur de la carrera novena para permitir que el municipio ampliara la vía para una mayor circulación automotor, desde la calle 15 hasta la 25. Hasta el párroco de Jesús Obrero vendió buena parte del predio para permitir “el desarrollo urbano” de la ciudad, sin mucho reparo por los restos depositados en los osarios del templo. Al fin y al cabo los huesos de los mortales no dicen ni mu.

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Braulio tiene la memoria intacta y la energía de un ferroviario, pero le borraron el camino hasta la plaza

Supo de la literatura prometedora de Umberto Valverde, aunque no le gusta que ande contando vulgaridades de muchachos del barrio, pero orgulloso que un mozalbete de aquí tuviera nombre más allá del barrio, más allá de la ciudad. También hablaba, cuando el tema era el fútbol, del Pibe Escobar, honrando su pasado de jugador callejero en el Obrero. Le enorgullecen los que salen del barrio a triunfar y que recuerdan con orgullo su origen popular.

De regreso a casa, donde llamaban “a almorzar, una sola vez pero bajito” compraba encarguitos en las tiendas, saludando al entrar, despidiéndose al salir, calculando entrar por el portón muy a la 1 de la tarde.

Braulio tiene la memoria intacta y la energía de un ferroviario, pero le borraron el camino hasta la plaza; lo invadieron, demolieron manzanas a medias y amenazan al resto con un buldózer gigantesco llamado renovación urbana. Los restos de andén para llegar a la Plaza de Caicedo están invadidos de comercio, legal e informal. 

“Tengo fuerzas, tengo mis piernas y tengo memoria, pero me cortaron el camino” dice Braulio muriendo de tristeza.

 

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