Señor y dador de Vida

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 08/06/2019 - 2:11am
Edicion
424

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

Evangelio: san Juan 20, 19-23: “como el Padre me envió, los envío yo a ustedes: reciban el Espíritu Santo”.

La Iglesia vive un perpetuo Pentecostés. Sin embargo la liturgia nos invita a meditar y vivir de manera especial en este Domingo ese acontecimiento que cubre toda la historia. La obra de Dios se hace mediante su poder que actúa en la debilidad del hombre. Para designar ese poder divino que invade al fiel la Biblia emplea la palabra espíritu (en hebreo RuaH), en el sentido de viento. Contemplamos en ocasiones el poder del viento que derriba árboles y casas. Pero también sentimos la brisa benéfica que refresca. Son maneras muy a nuestro alcance de hablar de las inefables realidades divinas.

El Espíritu Santo es el don de Cristo resucitado a la Iglesia. Entre la muerte y la resurrección de Cristo y el don del Espíritu Santo en Pentecostés hay una necesaria relación. Con la glorificación de Cristo se abre el tiempo nuevo en la historia de la salvación. La obra salvadora del Señor tendrá que ser de continuo recordada y puesta en ejercicio. El Espíritu Santo tiene esa misión: de la fuerza que viene de lo alto.

¿Qué significa el Espíritu Santo para mí, para la Iglesia, para el mundo de hoy? Es él quien me concede el don de la fe. No solo la capacidad de creer unas verdades sino el impulso para comprometerme a fondo hoy en la salvación del mundo. Vivo en un mundo violento, desunido y sin amor. El Espíritu me debe llevar a ser testigo en mi existencia de todos los días, por mi voz y por mi vida toda, de que Dios quiere y está construyendo un mundo distinto, mundo de amor, de unión, de apertura al misterio de lo divino. La Iglesia es sin cesar animada, conducida, iluminada por ese Espíritu dentro del mundo, tantas veces duro y adverso, al que ella es enviada. El mundo, que tiene conciencia de la necesidad de cambios sustanciales para subsistir, solo en la apertura al Espíritu de Dios podrá cambiar y encontrar el camino de la solidaridad y la reconciliación. Pentecostés es fiesta del compromiso cristiano de apóstoles, catequistas, evangelizadores, testigos que llevamos todos desde nuestro bautismo. El Espíritu del Señor nos inunde como a los primeros apóstoles para cumplir nuestra misión en el mundo.

La experiencia de Pentecostés

La Comunidad cristiana estaba reunida esperando el cumplimiento de la promesa que Jesús les había hecho sobre el envío del Espíritu Santo. Su actitud era de expectación, de indecisión, de miedo. Por eso se encontraban reunidos, pero con las puertas cerradas y el corazón dudoso y encogido. El «cuerpo» de la Comunidad, de la Iglesia estaba allí, pero le faltaba el soplo de la vida, no tenía el empuje del Espíritu, le faltaba despertar el ardor de la esperanza, de la certeza de su labor a realizar. - Jesús había dicho que «venía a traer fuego al mundo» y el día de Pentecostés comenzó a arder aquel fuego de Jesús atizado por el Espíritu Santo. Es la «orden de salida» para la acción de la Iglesia. El Pentecostés que celebramos hoy nos pone en comunicación con el celebrado en aquellos días en Jerusalén. Porque el Espíritu Santo sigue actuando hoy al igual que lo hizo en aquellos primeros tiempos.

El Espíritu de Dios es quien nos da la fe y reúne la Comunidad cristiana haciendo que seamos un pueblo de Dios a pesar de las diferentes razas y lugares a los que pertenezcamos y de las distintas funciones que desarrollemos. Sin duda que el Espíritu actúa, personalmente en nosotros, hasta el punto de que la confesión de fe que cada uno de nosotros hace, es obra del Espíritu.

Rasgos del Espíritu, (según los textos).

- Universalidad, fraternidad universal de todos los pueblos: se entendían, en contraste con el no comprenderse de las lenguas diversas en babel. - - Fecundidad en dones, frutos, carismas. - Fortaleza, superación del miedo. - Comprensión porque es amor, el amor que nace de la cruz y del desprendimiento. - San Agustín condensó así Pentecostés: «La Historia del mundo, como lucha entre dos clases de amor, amor a sí mismo hasta el punto de odiar a Dios, y amor a Dios hasta la renuncia de sí mismo. Este segundo amor es la salvación del mundo y del propio ser».

Pentecostés es: - Confirmación de los Apóstoles en la FE: antes eran simpatizantes, cercanos, dispuestos a seguirlo, pero no eran verdaderamente “creyentes”. Por eso el hecho de la muerte acabó con su entusiasmo y los dispersó, los encerró en el miedo. Ahora, el Espíritu los hace “creyentes” y testigos. - - Nacimiento de la IGLESIA: antes eran «grupo», pero no verdadera «comunidad», y se dispersaron a partir del hecho de la muerte de Jesús: unos se quedaron en Jerusalén, pero encerrados  y otros decidieron huir de Jerusalén. Ahora, el Espíritu los reúne, los congrega, por encima de las múltiples diferencias de raza, cultura, idioma, costumbres, y los convierte en «Comunidad». - Comienzo de la MISIÓN: antes estaban «encerrados». Ahora el Espíritu los saca del encerramiento y los envía al mundo a proclamar el Evangelio. 

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