Once años después, ¡América, campeón de la Liga!

Por Redaccion el Sáb, 07/12/2019 - 8:46am
Edicion
450

El diablo salió del infierno. Trepó por las tribunas del Pascual Guerrero, agarró la estrella dorada, la apretó, la descolgó del cielo caleño que parecía teñido de rojo, la bajó a la cancha ardiente y se la puso en el pecho a los jugadores del América, que tenían el corazón en llamas, la gloria en la cara, el sudor como sangre, las lágrimas como agua, y todos reunidos, fieles defensores del pueblo escarlata, soltaron el grito que les salió desde las entrañas, ¡campeones!, ¡campeones!, ¡campeones! La mechita, otra vez, iluminada, y para no apagarse más.

Fue 2-0, dos goles para que cesaran las noches de horror. América estaba decidido, agarró al Junior tiburón y lo asfixió en un campo sin mar. Le jugó en el primer tiempo y le peleó en el segundo, para que no hubiera duda de que la estrella iba a caer en ese estadio lleno de euforia.

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Duván Vergara, el más endiablado de todos los americanos, dirigió la corte desde el comienzo, y muy rápido anticipó el éxtasis cuando lanzó la pelota como teledirigida a la cabeza de Michael Rangel, quien giró en el aire y con sangre en la mirada clavó el cabezazo al travesaño, hubo un rebote para que el hincha escarlata apretara los músculos, la piel, los huesos, para que el aire se le estancara mientras la pelota pegaba en la espalda del portero Viera –pobre condenado– y el balón fuera de regreso al arco, en busca del camino frustrado, y cuando entró, la masa recordó que respiraba, que sin aire no podía gritar el gol más feliz de los últimos 11 años, quizá –y solo quizá– más que el ascenso, y ahí salió el bello alarido que no termina, que aún se escucha: ¡gooooool!, lo gritó Rangel, lo maldijo Viera, fue autogol, pero qué importa, fue 1-0. Y fue ahí cuando el Pascual Guerrero, cual coliseo romano en llamas, empezó a vibrar y un calor de caldera brotó, con miles de cuerpos descontrolados, y ‘dale rojo, dale’, porque la mechita cogía brillo y la estrella empezaba a parpadear, no en el infierno sino en el firmamento, como debe ser.

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Lo que pasa es que el americano no puede celebrar antes de tiempo. Ha sufrido tanto en los últimos años que ya se armó de prudencia. Sobre todo porque en frente estaba el Junior, al que toca matar dos veces, o tres, para que no reviva. Y más cuando el arquero Volpi le atajó un remate imposible a Teo Gutiérrez, de esos disparos tortuosos que congelan corazones, de esos disparos que se gritan como gol y luego enmudecen.

En esa jugada, Teo debió sentir que se caía al noveno círculo del infierno y que ya no iba a salir, no en esta final. Así que América se convenció de sus posibilidades y fue por el segundo gol, para que Junior ya no respirara: Vergara otra vez les pintó la cara, travieso diablillo, hizo el pase al fondo para Velasco, y el público se fue levantando como en una ola lenta para no perderse lo que venía, y esa fue la postal detrás del lateral que hizo el centro más simple y perfecto de su vida, sin error, directo al pie de Sierra, que entró al área con tridente en la mano y mandó la pelota a esa caldera de redes ardientes, fue el 2-0 y Viera otra vez maldijo, pero su grito fue sordo bajo la histeria del diablo.

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Segundo golpe y Junior cojeaba. Vino de atrás y metió un gol que otra vez quedó atorado en la garganta de Teo y de su tribu de tiburones sedientos, porque esta vez fue el VAR el que les dijo que no, que había un cuerpo en fuera de lugar, mientras todo Junior gritaba en la cancha que ‘sí se puede, no joda’; pues no, anulado. Wílmar Roldán revisó el monitor y vio el invasor mal ubicado, por poquito, por una aleta de tiburón, así que el partido seguía 2-0, dos disparos de gol, uno en cada pierna, y aún así nada estaba escrito, quedaban 45 minutos y el coliseo vibraba.

Lejos, muy lejos, el hincha costeño reclamaba que les habían quitado un penalti por una mano en el área, pedían justicia, anhelaban estar ahí; pero para qué, si el Pascual hervía, y el América era superior. Junior agarró la pelota, como era de esperarse, pero no supo qué hacer con ella, era una pelota en llamas, les quemaba los pies y la mente. Mientras tanto, los guerreros del América jugaron con frialdad, con Carrascal jugando de ‘10’, o de técnico o de todo; y con Vergara manejando el balón, el tiempo y el juego, provocando a sus rivales con su ingenio, así se ganó una amarilla e hizo expulsar a Piedrahíta, que lo golpeó sin pudor, y así es que casi hace el tercer gol, y con Rangel haciendo la ronda en el área, y con Segovia bramando, y con el DT Guimarães pensando en el triunfo, en el esfuerzo de seis meses, en el título que se avecinaba.

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En todo caso, lo que quedaba iba a ser una tortura hasta que Roldán, juez de la batalla, no hiciera sonar el pitazo final, que no era de apocalipsis sino de gloria, de vida, porque el diablo resurgió de las cenizas, trepó por las tribunas del Pascual Guerrero para alcanzar la estrella 14, en ese firmamento rojo que ahora es el cielo del diablo.

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