Condiciones para el discipulado de Jesús

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 07/09/2019 - 10:37am
Edicion
437
P. Héctor De los Rios L.
 
VIDA NUEVA
 

Opción por la cruz de Cristo

Evangelio: san Lucas 14,25-33: “Ninguno puede ser discípulo mío, si no renuncia a todo”

Creer en Dios es aceptar que Él nos ha llamado para entrar en relación con Él. Él, como en el caso de Abrahán, toma la iniciativa. Nos ofrece su proyecto sobre el mundo, sobre toda la humanidad, sobre cada uno de nosotros. Con la libertad que ha querido darnos, aceptamos o rehusamos darle nuestro asentimiento. Nuestra relación con Dios no es como la que tenemos con los demás hombres. Entre nosotros se da entre iguales. - Pero con Dios esa relación es entre la grandeza divina que llega hasta nosotros y nuestra pequeñez. De por sí la distancia entre Él y nosotros es infinita. Saber caminar con ese Dios, que nos ama y nos llama, a todo lo largo de la vida, es la máxima sabiduría de que nos habla la Palabra de Dios de este domingo 23 del tiempo ordinario.

La cruz compromete

Quien sigue a Jesús no es un discípulo cualquiera que aprende cualquier clase de doctrina, sino que se convierte en discípulo amado, capaz de narrar las maravillas de Dios, cuando el fuego del Espíritu hace de él una llama sobre el candelero del mundo. El corazón del hombre es una red de lazos. Ligaduras de ternura y de gratitud, de amor y de dependencia, lazos con todo lo que toca al sentimiento. Jesús parte de los lazos de consanguinidad: y lazos de la propia vida que en la mentalidad semita está simbolizada por la sangre.

Pero el corazón debe estar libre de estos lazos para poder andar con Él y crear un vínculo nuevo que da vida, porque deja a la persona la libertad de ser lo que es. Todo discípulo sólo tiene una tarea: la de aprender, no la de depender. Los lazos de sangre crean dependencia: ¡Cuántos chantajes afectivos impiden a los hombres construir la torre de su existencia! ¡Cuantas veces esas palabras de «¡Si tú me quieres , haz así!». O «¡Si me quieres, no lo hagas!». ¡La cruz no ata! Compromete...

Tarea difícil  

Ser discípulo de Jesús no es un camino fácil. Nos lo recuerda Lucas cuando introduce en el texto la parábola de alguien que quiere construir una fortificación para proteger sus tierras y la parábola de un rey que va a emprender una guerra. - La fortificación a construir es cara; la guerra a emprender, desigual (un ejército de diez mil contra uno que dobla sus efectivos). Es decir, en ambos casos se trata de empresas difíciles y problemáticas y que, por ello mismo, no se pueden afrontar a la ligera. Ser discípulo de Jesús es también una empresa difícil, que tampoco se puede afrontar a la ligera.

Nuestro compromiso hoy

Carguemos con nuestra cruz de cada día, siendo fieles a la misión que el Señor nos confió de anunciar su Evangelio. Seamos un Evangelio encarnado del amor de Dios para los demás. Pasemos, como Cristo, haciendo el bien a todos. Así edificaremos la Iglesia sobre el cimiento sólido y piedra angular, que es Cristo, al renunciar a nuestros gestos amenazadores, a nuestros egoísmos, a nuestras injusticias, a nuestras pasiones desordenadas, a nuestras inclinaciones enfermizas al dinero o al poder. Sabiendo que quien ama a su prójimo, no le causa daño a nadie, y, así, viviremos como una Iglesia que se edifica, día a día en el amor. Cristo nos quiere libres de toda carga de maldad, de todo pecado, de toda injusticia y de todo signo de muerte; pues de lo contrario, en lugar de cargar la cruz de nuestra entrega a favor del Evangelio, sólo aparentaríamos ir hacia el Señor y quedaríamos entrampados en la condenación y la muerte, consecuencia de nuestras esclavitudes al pecado.

Trabajemos por construir el Reino de Dios entre nosotros esforzándonos para que brille la justicia, la clemencia y la compasión; que el amor sea algo real y concreto, y no sólo un buen deseo, convertido en espejismo engañoso. Escoger de este modo a Jesús puede exigir toda una gama de rupturas que van desde la pena por sentirnos incomprendidos de los demás y de hacer sufrir a los nuestros, hasta la necesidad de tomar decisiones tremendas.

Una mártir del siglo II, Perpetua, que escribió su diario hasta el último momento, nos revela cuál fue su peor prueba antes de morir: «Llegó mi padre con mi hijo (un bebé), me abrazó y me dijo: "¡Sacrifica!

Acepta renegar de Cristo; ten piedad de tu hijo!". Entonces Hilarión, el procurador, me dijo: "Piensa en tu padre, piensa en tu hijo; ¡sacrifica en honor del emperador!" Pero yo me negué a ello».

Relación con la Eucaristía

En la Eucaristía proclamamos la Muerte del Señor, establecemos nuestra vida bajo la influencia de la existencia más auténticamente humana posible, la del Hombre-Dios; una existencia que, afrontando la muerte, aporta el elemento más decisivo al hoy del mundo y de nuestra vida.

¿Qué dirige mis motivaciones religiosas: convicciones de fe, o simples

sentimientos?

-Piensa en alguna ocasión en que Cristo te pidió renunciar a algo.

-Somos realistas en todos nuestros proyectos?

-¿Desalentamos a los demás con nuestras «ilusiones»?

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