Iglesia misionera

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 06/07/2019 - 1:38am
Edicion
428

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

Evangelio: San Lucas 10,1-12. 17-20 :..“los mando de dos en dos”.

Podemos decir que el tema central de este Domingo es el anuncio del Reino de Dios. La Iglesia es misionera. Es enviada por el Padre Dios a un destinatario que es la humanidad. Lleva un mensaje que no le es propio sino que es de Dios. - En el mundo de hoy esa Iglesia misionera somos todos nosotros bautizados. Cuando hablamos de misioneros pensamos en aquellos que han marchado a tierras lejanas o se han internado en selvas inhóspitas. No pensamos que cada uno de nosotros es un misionero, que el Señor nos confía su palabra de salvación y nos capacita para realizar obras salvadoras. -El destinatario vive en nuestra casa, en nuestra calle, en nuestra ciudad. No hay que buscarlo lejos. Y aún más, el destinatario primero somos nosotros mismos. Esa palabra y esa obra de salvación deben obrar en primer lugar en nuestro corazón.

Obreros de la mies

Todos los cristianos de hoy somos los «muchos obreros» que Él quiere en su campo que es el mundo. Hemos perdido la conciencia de ese compromiso. Sentimos que la misión reposa en hombros de algunos esforzados. Somos beneficiarios pasivos de la acción divina pero nos falta asumir la carga que Dios nos impone cuando hemos llegado al mundo, llamados a la vida para una misión. - El campo nuestro es el mundo que pisamos. Allí está nuestro compromiso cristiano. Los discípulos de Jesús van desprovistos de poder y seguridades meramente humanas. Su equipaje para la misión es su entrega generosa y alegre: es su única riqueza, que se expresa en la carencia de dinero y de vestidos, que a los ojos del mundo les da seguridad y prestigio. Los enviados por Jesús no tienen más que la alegría de servir a la causa del Reino y se contentan tan solo con la hospitalidad que reciben y con que los escuchan. Vivir todas estas actitudes es la máxima prueba de que la presencia del Reino de Dios ya tiene lugar en este mundo. - Anunciar el Evangelio no asegura el éxito. El discípulo de Jesús debe saberlo. Sabe que debe tener paciencia y no desesperar haciendo «caer fuego del cielo» por falta de respuestas de la gente, como lo querían Santiago y Juan.

«Iglesia doméstica»

Rescatemos el sentido profundo que tiene la «casa» en el plan de Dios. Ella debe ser foco de iluminación en el mundo en que vivimos. Santuario de fe, de esperanza, de amor. Que cada hogar merezca ser llamado Iglesia doméstica por la presencia en ella de la acción salvadora del Reino para los que lo habitan y para aquellos que ella beneficia. Hay hogares, incluso bendecidos por Dios por el sacramento del matrimonio, donde se vive el silencio de Dios. Cuando la Palabra de Dios ilumina el acontecer del hogar, cuando el amor cristiano tiene un papel que desempeñar en el mundo damos a la casa de los cristianos su plena significación.

La Cruz de Cristo como victoria.

Dios interviene en la Historia de un modo nuevo a partir de Cristo. La Buena Nueva de salvación se realiza de modo paradógico; cuando parecía que la muerte había triunfado, de ahí surge la victoria. La muerte en la pobreza total, en el abandono sin límites de Jesús, es la clave del triunfo del Resucitado. El poder de Dios aparece en la humanidad de Cristo, cuando acepta y obedece la voluntad del Padre, que lo lleva a la muerte. - La aparente debilidad del hombre «crucificado», en medio de las dificultades, no es la debilidad de un vencido, sino la de un vencedor por la fuerza de Dios.

«El Reino de Dios está cerca»:

Nos agobian dificultades actuales, que nos asaltan a todos, en nuestro vivir de cada día: trabajo, salario, casa, comida, vestidos, estudios, ahorros, etc... Confrontémonos humildemente ante la Palabra del Señor, y aprovechemos al máximo la celebración gozosa de la Eucaristía Dominical, la cual hace presente para nosotros hoy el Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús, que es su victoria sobre el mal de este mundo en el cual vivimos todos sumergidos y muchas veces comprometidos en él.- Sin la Eucaristía no podemos escapar a la influencia del mundo egoísta, injusto y violento que nos rodea, por lo tanto alimentándonos del Pan del cielo y de la Palabra de vida porque es urgente ser verdaderos testigos y anunciadores de los bienes del reino. «El Reino de Dios está cerca»: esta frase resume el mensaje apostólico y el mensaje de la Iglesia hoy. Los profetas del Antiguo Testamento (se nos recordó en la primera lectura) anunciaban un Reino por venir, a largo plazo, con la aparición de Cristo. Pero con Jesús y la Iglesia, ahora anunciamos un Reino que ya está aquí, a la mano. Evangelizar, en último sentido, es ayudar a la gente a reconocer la presencia del Reino en sus vidas, y a actuar de acuerdo con ello. ¿Sí hemos cumplido la misión a la que Jesús nos envía, sabiendo que más que hora de la cosecha es hora de la siembra?.

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