El gran tesoro de la FE

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 05/10/2019 - 10:00am
Edicion
441
P. Héctor De los Rios L.
 
VIDA NUEVA

 

Evangelio: 17, 5-10: “Si tuvieras fe como un grano de mostaza…”

La liturgia de hoy (27 domingo del tiempo ordinario) nos invita a reflexionar sobre los interrogantes que se hace la FE. La Fe nos reúne, aquí se proclama y, al mismo tiempo, se alimenta con la Palabra de Dios. La fe es la adhesión que el creyente hace de corazón al Dios que lo llama. Pero esa adhesión, por venir del hombre, no carece de oscuridades. El Señor nos habla de la importancia de la Fe. Y que es preciso manifestarla y proclamarla con decisión. Y nos manifiesta el poder extraordinario de la Fe. Una fe profunda hace cambiar la vida entera, como sucedió a Francisco de Asís.

La verdadera FE

La Iglesia y los cristianos de hoy podemos fácilmente reconocernos en la experiencia profética de Habacuc. Es bueno notar que la palabra «FE», en el texto de Habacuc, significa, muy claramente, la adhesión a Dios como realidad más segura, adhesión humilde, por otro lado. Al contrario del hombre de espíritu orgulloso, que «se sentirá inseguro». En el evangelio, Lucas, discípulo de Pablo, recogerá la frase de Jesús sobre la necesidad de vivir la fe como una seguridad superior a cualquier otra.

Los discípulos de Jesús habían captado la importancia capital de una fe vigorosa en sus vidas y apostolado. Así que le piden a Jesús que les aumente la fe. La respuesta de Jesús es retórica. Está queriendo decir: La verdadera fe es rara. La más rara de las virtudes. De una fe verdadera sacamos enormes energías espirituales. Cristo puede utilizarnos ampliamente para la construcción del Reino.

El alma de la fe

Pero en todo caso, ¿cómo mejorar nuestra fe? Ante todo, Orando. La oración es el alma de la fe. Escuchando o leyendo la Palabra de Dios (la Biblia y la predicación de la Iglesia). Porque la fe viene de escuchar y aceptar la Palabra, según Pablo a los Romanos. Actuando de acuerdo a la fe. «Actúa como si tuvieras mucha fe, y terminarás teniendo mucha fe». La parábola parece hacer referencia a la conducta de los fariseos: los cuales se atribuían el mérito de lo que hacían. La fe pone de manifiesto que no se puede realizar una acción buena sin la ayuda de Dios. No nos dará poder para trasplantar un árbol, ni anulará nuestros esfuerzos o trabajos.

El don de la fe

Se da una oposición en el texto: entre la fe pura e ingenua de los pobres e ignorantes, el cálculo sobre sus propios méritos y la confianza en sí mismos de los fariseos y los ricos; confianza incondicional en el Señor de los pobres y situación de acreedor ante Dios, de los fariseos. Así aparece la relación entre la fe y las obras.

El Evangelio destaca la fe como don gratuito. No debemos esperar recompensas especiales por el hecho de que cumplamos con nuestro deber: es lo mínimo que podemos hacer para corresponder al don que hemos recibido. La fidelidad es la condición característica del siervo: «hace lo que tiene que hacer». El Pueblo de Dios reconoce la intervención de Dios en su favor. La queja del pueblo es escuchada por haber sido fieles. A la acción de Dios corresponde la acogida, en obediencia fiel, de parte del ser humano. El apóstol, insiste en la FE como aceptación y compromiso en la fidelidad de todo el hombre que va a correr el riesgo de la fe.

La FE es conversión en la confianza puesta a Dios para conservar la gracia recibida. Pablo nos brinda consejos para mantenerse fieles en el ministerio recibido (en el caso del pastor) o en la gracia del Bautismo (para todo cristiano, discípulo-seguidor de Jesús).

Ese es el drama de la fe. Estar en manos incondicionales de quien es el Señor para beneficio del mundo y del hombre. Decirle un sí comprometido a Dios nos hace correr riesgos grandes. Los santos lo han vivido. Pero hacerlo es encontrar la verdadera grandeza del hombre y llevar a plenitud el sentido de la vida. No hacerlo es fallar totalmente la vida.

«Auméntanos la fe»

En un momento determinado, los discípulos le dicen a Jesús: “Auméntanos la fe”. Sienten que su fe es pequeña y débil. Necesitan confiar más en Dios y creer más en Jesús. No le entienden muy bien, pero no le discuten. Hacen justamente lo más importante: pedirle ayuda para que haga crecer su fe.

Señor, auméntanos la fe. Enséñanos que la fe no consiste en creer algo sino en creer en ti, Hijo encarnado de Dios, para abrirnos a tu Espíritu, dejarnos alcanzar por tu Palabra, aprender a vivir con tu estilo de vida y seguir de cerca tus pasos. Sólo tú eres quien «inicia y consuma nuestra fe».

Auméntanos la fe. Danos una fe centrada en lo esencial, purificada de adherencias y añadidos postizos, que nos alejan del núcleo de tu Evangelio. Enséñanos a vivir en estos tiempos una fe, no fundada en apoyos externos, sino en tu presencia viva en nuestros corazones y en nuestras comunidades creyentes. Auméntanos la fe. Haznos vivir una relación más vital contigo, sabiendo que tú, nuestro Maestro y Señor, eres lo primero, lo mejor, lo más valioso y atractivo que tenemos en la Iglesia. Danos una fe contagiosa que nos oriente hacia una fase nueva de cristianismo, más fiel a tu Espíritu y tu trayectoria.

Relación con la Eucaristía

Cada Domingo, la Eucaristía es la expresión de nuestra FE. La Fe que profesamos, a la que respondemos como llamada constante de Dios, la que nos reúne para celebrar la Eucaristía, solamente se expresa en el compromiso cristiano. La Eucaristía es el sacramento de la FE que nos lleva a la vida y la vida que nos reúne en torno a la mesa de la FE. 

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