Preparar la visita de Dios

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 04/12/2021 - 3:47pm
Edicion
554
P. Héctor De los Ríos L.
 

VIDA NUEVA

Estamos en el adviento, tiempo de la gozosa espera de la venida del Señor Jesús. Si el domingo pasado se nos invitaba a estar en «vigilante y activa espera» porque el Señor anuncia su venida, en este segundo domingo de Adviento se nos invita a estar gozosos por la cercanía de Dios y a preparar su llegada. ´- Las lecturas de hoy nos hablan sobre nuestra conversión para preparar el camino al Señor y la proximidad de su venida. Nuestra vida cristiana no es una «herencia adquirida» sino un logro, una conquista alcanzada por nuestra lucha generosa en la acogida que damos a la Palabra de Dios. Esa palabra de Dios nos pide rectificar lo torcido, suavizar lo escabroso y trabajar por una conversión seria y verdadera. Pero todo ello con el gozo de sabernos liberados por Cristo Jesús, ya que nuestra redención es obra gratuita de Dios. La Eucaristía de hoy nos ayudará a conseguirlo.

LECTURAS:

Baruc. 5, 1-9: «Dios mostrará su esplendor sobre ti»

Salmo 126(125): «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

Carta de san Pablo a los Filipenses 1,4-6.8-11: «Manténganse limpios e irreprochables para el día de Cristo»

San Lucas 3, 1-6: «Aconteció la Palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto»

Profeta de la conversión

Juan era considerado por el pueblo como un profeta esperado por todos.  Muchos pensaban que él fuese el Mesías. Hasta en la época de Lucas, en los años 80, había personas y sobre todo judíos que consideraban a Juan como el Mesías. Juan llega y anuncia: «¡Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca!». Fue encarcelado por su valor en denunciar los errores, tanto del pueblo como de los hombres de gobierno. Jesús al oír que Juan estaba en la cárcel, vuelve a Galilea y anuncia las mismas cosas anunciadas por Juan: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca, convertíos y creed al evangelio». Jesús continúa la predicación de Juan y va más allá. En Juan termina el Antiguo Testamento, en Jesús empieza el Nuevo. Jesús llega a decir: «Yo les digo, entre los nacidos de mujer, no hay ninguno más grande que Juan; pero el más pequeño en el Reino de Dios es más grande que él».

En el «Año de la Misericordia», estamos invitados a vivir esta reconciliación para ser todos constructores de la paz. La «Redención» que realiza la misericordia de Dios en Jesucristo, que viene qa salvar, no es ya la liberación de Egipto o Babilonia, sino la del «Pecado». El «Redentor» no está ya lejos, sino a la vista de cuantos se dispongan a recibirlo: «Preparen el camino del Señor».

Esperanza cristiana

¿Cuál es la esperanza que la comunidad cristiana está llamada a proclamar corno monumento capaz de promover un nuevo modo de ser? Ante todo, debemos recordar que la esperanza se refiere a algo que no se posee, que no se ve. La esperanza se refiere al futuro, se refiere a un término deseado y esperado. La esperanza cristiana se refiere, pues, al Reino de Dios en su plenitud, se refiere a la ciudad futura, la que la Biblia hebrea llama el «shalóm», la paz, entendida en sentido total, la posesión y la comunión de todo verdadero bien que se hace común entre todos los hombres, y común entre los hombres y Dios, la comunión perfecta de Dios con el hombre y de los hombres entre sí. Esta esperanza cristiana es don de Dios. No es la esperanza mundana, no la producimos nosotros y, en este sentido, es la esperanza de todos: de los sanos y de Tiempo de alegrías –

 Navidad es tiempo de alegrías.

Lo sabemos bien, y la sociedad en que vivimos lo recalca hasta la saciedad. Pero ¿cuáles son esas alegrías? La mayor de todas debe ser encontrar la fuente de toda felicidad que es Dios mismo. El está gritando hoy a este mundo, hundido en la ansiedad y la desesperanza a pesar de su inmensa riqueza y sus logros científicos. Ponte en pie, sube a la altura y mira... No la mirada terrestre y rastrera sino la mirada lejana que contempla el destino del hombre más allá de la historia. Pero necesitamos profetas como Baruc y Juan Bautista, penetrados de luz divina, ardorosos del contacto con la divinidad, que sepan decirle a ese mundo que han encontrado a Dios y el sentido hondo de la vida. Es la validez perenne de la Navidad: saber que en ese niño que esperamos, en ese Hijo del Hombre glorioso que está viniendo al mundo se encierra el máximo regalo de Dios. El revela la preocupación amorosa del Padre Dios por la suerte del hombre. Con una palabra actual está llegando a lo profundo de nuestra vida para despertar allí la conciencia honda de lo que es pasajero y lo que es definitivo. Escuchemos a Dios y dispongámonos, como pueblo bien preparado, para recibir al Dios hecho hombre que nos llega en Jesús de Nazaret.

Contemplando el pesebre de Jesús, contemplando la amabilidad de Dios que vence nuestra desconfianza y nuestros temores, contemplamos también la grandeza de la esperanza que nos aguarda. Hablemos libre y abiertamente de esta esperanza, de la vida futura, de la plenitud de la vida en Dios, de la gloria que Dios nos reserva a cada uno de nosotros, cuya prenda nos da en la presencia de Jesús en la Eucaristía, y esta visión de esperanza ilumine nuestro camino todos los días.

Juan es modelo para todo predicador del Evangelio:

a) Hombre de oración y silencio, forja en el desierto su temple y prepara su función. La Palabra de Dios es su alimento. Así se prepara a predicarla.

b) El objetivo de su mensaje es proclamar la «conversión » como disposición para recibir la gracia Mesiánica. El orgullo, los egoísmos, la hipocresía, la mala voluntad, serían obstáculos que cerrarían el paso al Señor que viene a redimirnos.

Para orar y vivir la Palabra:

«¡Nos parecía soñar!...» (Sal. 126(125), 1)

Señor, de las penas y sufrimientos de esta vida ya sé bastante;

pero en ningún momento quiero que el peso del realismo corte

las alas de mis sueños. Por encima de todo quiero ser optimista, quiero ser soñador. Decididamente quiero apostar por la utopía.

Desde mi fe en la Resurrección, afirmo que la vida es bella, que vale la pena luchar por hacer un mundo más humano, más justo, más fraterno, más habitable. Desde mi fe en la Resurrección afirmo que cualquier tiempo pasado fue peor y que lo que me espera es infinitamente mejor que lo que estoy viviendo,

Me da náuseas un mundo sin sueños, sin ilusión, sin esperanza, sin utopías. Dame la gracia de vivir siempre enamorado de la vida.

«Tú, al que llenas de ti, lo elevas; mas, como yo aún no me he llenado de ti, soy todavía para mí mismo una carga» (San Agustín)

«El mismo Dios en persona es el premio y el término de todas nuestras fatigas» (Santo Tomás)

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