El poder de la debilidad

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 03/07/2021 - 8:20am
Edicion
532
P. Héctor De los Ríos L.
 

VIDA NUEVA

 

En este 14o Domingo del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos pone a nuestra consideración, el rechazo que sufre Jesús por parte de la gente de Nazaret. Su paso por Nazaret fue doloroso para Jesús. La que era su comunidad, ahora ya no lo es. Algo ha cambiado. Los que antes lo acogían, ahora lo rechazan. Como veremos después, esta experiencia de rechazo llevó a Jesús a tomar una determinación y a cambiar su práctica. La Palabra de Dios que vamos a proclamar nos recordará que siempre ha habido profetas en medio del pueblo. Y nosotros, los cristianos, estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe; a cumplir la misión de hacer presente a Dios en el ambiente en el que vivimos. Hoy también el Señor quiere colmarnos de su espíritu para que la debilidad de nuestras pobres palabras se revista de la fuerza de Dios. - Antes de acercarnos a la Palabra de Dios, pidamos perdón de nuestros pecados de soberbia, de amor al poder y a la ostentación. En este domingo el tema litúrgico es sobre los cristianos testigos de la verdad.

LECTURAS:

Ezequiel 2,2-5: « Sabrán que hubo un profeta en medio de ellos»

Salmo 123(122): «Misericordia, Señor, misericordia»

2 Carta de san Pablo a los Corintios 12, 7b-10: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad»

San Marcos 6,1-6: «No desprecian a un profeta más que en su tierra»

La Iglesia, Pueblo profético

La Iglesia tiene hoy ante el mundo la misión profética de Dios. Su misión es dejar oír la voz de Dios en un mundo que necesita leer con profundidad el sentido de la vida del hombre. Como el pueblo del Antiguo Testamento, desplazado y sometido, también nuestro mundo necesita escuchar a Dios. Qué quiere él de nosotros, cuál es el horizonte que nos señala, cuál es la esperanza con que quiere llenar nuestro futuro, esperanza sólida, capaz de responder a las más hondas inquietudes del hombre. A los hombres nos cuesta descubrir cuándo Dios habla y nos pide cambiar nuestras actitudes y nuestros modos de actuar, de modo particular cuando lo hace a través de hombres como nosotros. Jesús lo ha recordado en el Evangelio de hoy diciendo que «nadie es profeta entre los suyos», y Ezequiel nos lo adelantó en la breve 1a lectura que de este Domingo. - Ojalá escucháramos a Dios...entre Dios y nosotros existe como un forcejeo constante:

* le ofrecemos buenas palabras y malas obras,

* le hacemos buenos propósitos y los quebrantamos demasiadas veces y con excesiva frecuencia.

La Palabra nos ha recordado la vocación profética de Ezequiel y su difícil misión entre los desterrados de Babilonia. Se pone de relieve la resistencia del pueblo a la acción salvadora de Dios, pero también, la misericordia de este Dios que una vez más intenta la salvación del Pueblo. Y Dios sigue esperándonos y enviándonos mensajes para que volvamos al buen camino. Esto le sucede al Señor con nosotros al igual que le sucedía con el pueblo de Israel. Pero el Señor no se desanima, aviva su paciencia, y sigue suscitando profetas que hablan en su nombre y transmiten sus mensajes. Quizás no les harán caso. Pero su testimonio manifiesta que Dios no abandona a su pueblo, a sus creaturas creadas por puro amor. El profeta Ezequiel aparece, por el s. VII-VI aC., cuando el Pueblo de Israel vive la época más dura y trágica de su historia: el exilio. La santidad de Dios es ofendida por el pecado del pueblo, pero el Señor sigue suscitando profetas y enviando sus mensajes para que no se olviden que les está esperando. En las circunstancias en que vive el pueblo no aceptarán al profeta. Pero el Señor insiste en que no les tenga miedo y que transmita sus mensajes con fidelidad. La misión del profeta viene de un mandato de Dios y no de la aceptación o rechazo por parte de los hombres. El cristiano debe vivir su fe en un tiempo de increencia. Eso será, claramente, un mensaje profético que ofrecerá al pueblo de hoy.

El poder de la debilidad

Es muy humana la tentación de: creerse mejores que los demás, pensar que somos indispensables, estar convencidos que el mundo iría muy mal si nosotros faltásemos... San Pablo sintió algo parecido y ruega a Dios que le haga más sensato para que, a través de su propia debilidad, se manifieste la fuerza del Señor. El Apóstol debió soportar un fuerte sufrimiento moral o alguna enfermedad que le hace exclamar que, a pesar de su debilidad, y de las restantes dificultades por las que atraviesa, se está manifestando en él la gracia y la fuerza de Cristo.

El que cree bastarse por sí mismo, el orgulloso, es incapaz de reconocer la fuerza de Dios. Por eso San Pablo se siente satisfecho de que la fuerza salvadora de Dios se manifieste a través de su personal debilidad humana. A todos nos gustaría ser sabios, tener más madurez personal o mayor fuerza de convicción, eliminar defectos que nos avergüenzan; nos gustaría una Iglesia mucho menos vulnerable a la crítica, unas asambleas más «presentables»". Pero el Señor se empeña en abrirnos a la mayor de las grandezas: - que El actúa a través de nuestra pequeñez. Gran ejemplo y mensaje de confianza para todos nosotros al ver que el Señor dice a San Pablo: «¡te basta mi gracia!».

Pablo defiende su persona y su ministerio frente a sus detractores. Relata sus experiencias místicas, confiesa humildemente su espina, acepta sus debilidades para que resida en él la fuerza de Cristo. Jesús no es recibido por sus paisanos, no pueden aceptarlo como profeta; no presentaba más títulos que su persona.

Tentación de desanimarse...

A menudo la Iglesia no es escuchada. Los cristianos a menudo no pueden cambiar la ética de sus familias, lugares de trabajo y de la sociedad. La mentalidad común sigue confundiendo el bien y el mal, la mentira y la verdad. A las personas no parece importarles. A menudo las personas tienen su propia y subjetiva -usualmente errada- escala de valores. Pero como Jesús, la Iglesia y los Cristianos no deben descorazonarse. Deben continuar practicando la verdad, aun sin resultados aparentes. Porque los hombres, las familias y sociedades necesitan una conciencia. Una referencia moral. Un recordatorio, de loque está bien y mal. Esto es también cristianismo. Mientras haya alguien todavía hablando y practicando la verdad, las personas tienen una esperanza de conversión y cambio.

El cristiano necesita atestiguar la verdad, a pesar de los resultados. Ello está subrayado en la lectura del Evangelio. En su medio, entre parientes y otros, las prédicas de Jesús no son tomadas seriamente. No es aceptado como profeta, menos aún como el Hijo de Dios. Jesús se desilusiona, como se ha desilusionado en muchas ocasiones por la falta de fe de sus auditores. Toda esta falta de aceptación nunca disminuye la determinación de Jesús de hablar la verdad, y dar testimonio de la verdad. La actitud de Jesús, y la de todos los profetas es un ejemplo para la Iglesia y los cristianos que están llamados a hacer lo correcto y lo ético, hablar con palabras de verdad sobre la religión y el comportamiento humano, y llamar a lo que está bien, bien, y a lo que está mal, mal.

No necesitamos milagros...

Jesús visita a su Pueblo de Nazaret y, en su visita, llena de asombro y de incredulidad a sus conciudadanos. La pobreza y sencillez suya y de su familia resultaba un gran obstáculo para quienes esperaban un Mesías maravilloso y espectacular. Y es que Dios encarnado en Jesús es un Dios discreto que no humilla. Jesús podía haber asombrado a su Pueblo de Nazaret con milagros portentosos. Pero no lo hace. Prefiere el camino de la humildad y espera que la fe de sus paisanos les descubra que es el Mesías, enviado por Dios.

La fe es más apreciada por Jesús que los milagros. A Dios le podemos descubrir en las experiencias más normales de nuestra vida cotidiana. En nuestras tristezas inexplicables, en la felicidad insaciable, en nuestro amor frágil, en las añoranzas y anhelos, en las preguntas más hondas, en nuestro pecado más secreto, en nuestras decisiones más responsables, en la búsqueda sincera. Dios «no está lejos de los que lo buscan». Por eso no necesitamos portentos ni milagros para encontrarle. Para los conciudadanos de Jesús y para la sociedad en la que se desarrolla, no es fácil creer en él. Pero tampoco lo es para nosotros, a pesar de haber cambiado tanto las circunstancias de vida y de "esperanza" en el Mesías.

El Evangelio de Jesús es sumamente difícil de aceptar en muchas cosas y, por eso, no sorprende que pensemos que nuestra fe es débil y quebradiza. Por otra parte, nos confesamos creyentes. Y si lo miramos bien, ¡cuánto nos falta para ser creyentes de verdad! No hay duda que la fe es un don, una gracia, que Dios nos regala. Y la hemos de vivir con agradecimiento. Y también una «luz» que ilumina nuestro caminar. Pero tener ese regalo y llevar esa luz, no significa que nuestras acciones sean totalmente coherentes con el Evangelio de Jesús. Como dice San Pablo, «llevamos el don de Dios en vasijas de barro».

En nuestra celebración de hoy pedimos, desde nuestra debilidad, que Dios nos dé su Espíritu y nos comunique su fuerza, para que nuestra vida sea un testimonio profético de verdad.

«Esto de no fiarse del propio parecer nace de la humildad. Por eso el libro de los Proverbios dice que donde hay humildad, hay sabiduría. Los soberbios, en cambio, confían demasiado en sí mismos» (Santo Tomás)

«Sólo quien ama en verdad a Dios no se acuerda de sí mismo». (San Gregorio Magno). - «Despreciar la comida o la bebida y la cama blanda, a muchos puede no costarles gran trabajo. Pero soportar una injuria, sufrir un daño o una palabra molesta, no es negocio de muchos sino de pocos» (San Juan Crisóstomo)

Dios no quiere humillados, sino humildes

Dios no maneja a sus profetas como si fueran máquinas y la misma función profética está sujeta a debilidades, propias de la condición humana. Las debilidades pueden actuar como fuerzas, si se dejan modelar por el poder de Dios. El hombre no es un ser inútil, pero nada sería en el terreno de la gracia, si Dios estuviera ausente. Del humillado sólo puede esperarse resentimiento, del humilde brota la verdad. En la humildad se mezclan fuerzas y debilidades difíciles de entender, porque no estamos acostumbrados a manejarlas en la vida ordinaria. En la vida del mundo, triunfan los seguros de sí mismo, los suficientes. En la vida del espíritu es al revés. Dios suele servirse de la debilidad de sus hijos para realizar sus mejores obras. En la humildad hay claridad; de aquí la confianza en la eficacia de Dios. Característica del profeta: «fracasar», según los criterios triunfalistas del mundo. El «fracaso» de Ezequiel, de Pablo, de Jesús, iluminan nuestros fracasos para que resplandezca la eficacia de Dios...

Relación con la Eucaristía

La eficacia cristiana arranca de la muerte-vida de Jesús, es decir, de su Misterio Pascual, que celebramos y actualizamos en la Eucaristía. En la Eucaristía que celebramos recordamos el fruto de esta entrega de Cristo 

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