El descubrimiento de otro continente

Según la leyenda, Colón obtuvo el apoyo de Isabel prometiendo aportar los medios para la recon¬quista del sepulcro de Cristo, con la cual culminarían las cruzadas;  y el de Fernando por las riquezas que se ganarían para la corona: es decir, dos actitudes: feu¬dalismo y capitalismo, disyuntiva en la que España se mantuvo durante siglos pues, aunque inauguró la Edad Moderna, se estancó en un feudalismo no rea¬lizado plena-mente al impedirlo la aparición de un capitalismo que a su vez frustro a poco de nacer.

El feudalismo encontro una nueva e inesperada expansión con el des¬cubri¬miento de América. Su posesión trastorno los propósitos iniciales de la política unificadora de los Reyes Católi¬cos y sirvió a los grandes señores para que recobraran su fuerza gracias a las imprevistas posibilidades que se abrieron para se¬guir saqueando. Aun después de malograrse el desarrollo capitalista del nordeste de la península y de instalada la Inquisición, la lucha de clases había alcanzado gran intensi¬dad pero la con¬quista de un continente cuatro veces más extenso que el antiguo alejó a España de la revolu¬ción burguesa. Muchas de las reformas de los Re¬yes Católicos, que respondían a las necesidades de re¬novación interna de la so¬ciedad española, se mo¬difi¬caron bruscamente por la conquista de América sal¬vando a los señores caste¬llanos de la definitiva pérdida de su poder. En nombre de la fe se ahogó cual¬quier brote de burguesía, cualquier tendencia al capitalismo, cualquier movimiento del estado llano hacia la transformación social. España creaba el mayor imperio del pla¬neta y recibía in¬mensas riquezas, pero se empobrecía y se endeu¬daba a banqueros y comer¬ciantes extranjeros.

En el XV la monarquía y el papado dependían cada día más de una econo¬mía mo¬netaria que pene-traba todo. La burguesía catalana y aragonesa había perdido mercados y poder a partir de la ocupación de Constantinopla por el Islam en 1453 y por eso tenia apremio por romper su embotellamiento en el Mediterráneo y saltar hacia otros merca¬dos. Por lo contrario, después de la toma de Granada, a los gran¬des de Castilla se les ofrecía la costa norteafricana como un campo de conquista y saqueo que favorecía su expansión feudal. Los comer¬ciantes y marinos de los puertos mediterráneos presiona¬ron a los Reyes Católicos, con la colaboración de funcionarios y sacerdotes afines, hasta vencer las resistencias que oponían al proyecto los grandes señores y el alto clero de Castilla. Colon no estaba solo en sus diligen¬cias ante la república de Génova y las cortes de Portugal, In¬glaterra, Francia y Castilla, ya que represen¬taba la tendencia ex¬pansiva y la ambición de grandeza política y económica de la joven burguesía de las ciudades portuarias del su¬doeste de Europa. Colón, representante de los mercaderes que se disputaban el dominio del Mediterráneo, no podía ser bien acogido por los cas¬tellanos, pero cuando Castilla se unió a Aragón, los comerciantes y navegantes de la costa oriental española consiguieron que fuera oído y parti¬ciparon en las gestio¬nes, pre¬parativos y financiación de la búsqueda del camino al oriente asiático.

Navegar al occidente, para evitar el Islam, buscando el oriente, era una idea la¬tente desde mu¬chos años antes en el Mediterráneo occidental  para incrementar el comercio y buscar riquezas más allá de los límites conocidos del deteriorado mundo feudal anterior. Cuando Castilla termino la Reconquista se le abrieron dos cami¬nos: proseguir la lucha en el norte de Africa o intentar la conquista del lejano Oriente: uno concreto y otro que no pasaba de un sueño. El descubrimiento de otro mundo volvió el sueño realidad. Comerciantes y marinos unieron a ambos continentes pero soldados, colonos y misione¬ros fueron los que conquistaron y poblaron las nuevas tierras.

La conquista

En el primer viaje, Colon fue acompañado por gentes de mar, convencidas de que avanza¬ban hacia una meta segura. En el segundo dominaban nobles y sacerdotes, y se inició el desplazamiento de la burgue¬sía portuaria por la nobleza, y de Aragón por Cas¬tilla; desplazamiento que luego se acentuaría hasta la total exclusión de los aragoneses de tratos con las Indias. Aragón carecía de libertad de acción y de auto¬ridad política para propiciar por su cuenta el proyecto de Colón, no obstante ser un im¬perio comercial y marítimo. La parte de España en donde más se desarrollaba la bur¬guesia estaba some¬tida a la parte de España donde dominaba el señorío feudal. Al iniciarse 1492 los ojos de Europa estaban puestos en Es¬paña y, dentro de Es¬paña, en Castilla: vencedora de los moros y abanderada de la cruz. Para Europa oc¬ci¬dental la toma de Granada por la Cas¬tilla cristiana significaba la rehabilitación del feu¬dalismo, un tanto eclipsado por el flore¬cimiento mercantil de las ricas ciudades portua¬rias de Cataluña. A éstas poco im¬portaba la expulsión de los musulmanes mientras los cristianos no recuperaran su perdida hegemo¬nía en el Mediterráneo oriental y se ampliara su esfera económica. Pero el capital comercial no podía, por su propia naturaleza, resolver el problema de la ex¬pansión de la cristiandad, tarea que corres¬pon¬día la triada feudal de siervos, guerreros y sacerdotes. Contra Colón conspiró la no¬bleza castellana desde que regresó de su primer viaje al tiempo que ninguno de los puer¬tos del Mediterráneo sacó provecho de sus viajes y y su burguesía quedó ex¬cluida del comercio y de la colonización de Amé¬rica al desplazarse la actividad mercantil de Europa al Atlántico. Al pre¬maturo desarrollo capitalista de España le falto la energía interna que posibilitó un siglo des¬pués al de In¬glaterra el traslado al otro lado del océano de nuevas fuerzas productivas y nuevas rela¬ciones de producción. Pero la corona de Castilla sólo autorizó a pasar a ellos a los súbditos castellanos y ejercer alli actividades comerciales. El Nuevo Mundo sería de Castilla, de la reina feudal y no del rey burgués. El tratado de Allcaçovas de 1479 aseguro a Castilla las Canarias, pese a haber sido ocupadas por catalanes y mallorquinos un siglo antes, y a Portugal el resto de la costa occidental africana y las Indias orientales. El mar libre y las tie¬rras hacia el occidente que se encontraran en el fu¬turo pertenecerian a estos dos reinos. Desde entonces Portugal y Castilla se consideraron con derechos históricos de sobera¬nía sobre las islas y tierra firme que descubriesen, aunque ya desde esta época fue muy discutido el derecho teológico-feudal de acuerdo con el cual el papa, como Vicario de Cristo, podía ejercer el dominio espiritual y material del universo y sus habitantes, y distri¬buir en consecuencia las tierras del Nuevo Mundo.

La incorporación del Nuevo Mundo a Castilla agravó la lucha de no¬bles y bur¬gueses por el poder real. El descubrimiento había sido hazaña de marinos y mercaderes; la conquista seria de misioneros y soldados. En un comienzo, mientras siguió en pie el compromiso de los Reyes Católicos con Colon, se permitió a los particulares traficar con el Nuevo Mundo sin mayores restricciones; pero en 1503, a poco de la muerte de Colon, la reina Isabel fundó en Sevilla la Casa de Contra¬tación, que regiría en ade¬lante las relaciones mercantiles de la metrópoli con las colo¬nias, descartándose que podría reali¬zarse en vasta escala y mejores condiciones por Barcelona, Valencia o Málaga, ciudades poseedoras de buenas flotas y mari¬nos, o por Bilbao y otros puertos del norte. Con el mismo propósito restrictivo se había centralizado el comercio interno de España y monopolizado el comercio con el norte de Europa en la ciudad castellana de Burgos a partir de 1493, en perjuicio de Barcelona, Valencia y Bilbao.

Entre 1509 y 1538 la gran mayoria de los españoles que pasaron a América pro¬venían de Casti¬lla, León, Extremadura, Albacete y Andalucía.  Hubo el deliberado pro¬pósito de sustraer a las gentes del Mediterráneo de las empresas de conquista y coloni¬zación del Nuevo Mundo. Pese a que partió de allí la iniciativa del descubrimiento y fueron sus comerciantes los principales financistas del mismo, y a pesar de tener los más importantes centros mercantiles de la península, prácticamente no intervinieron en la organización de su colonización. Hasta 1596 las le¬yes de Indias garan¬tizarón que los castellanos gozaran de privilegios legales para emigrar al Nuevo Mundo que se negaban al resto de los es¬pañoles. La polí¬tica excluyente de Castilla respondía a motivos generales y profun¬dos, derivados de la lucha entablada entre la nobleza y la burguesía. Si la nobleza dejaba a la burguesía abrirse paso en Amé¬rica no sola¬mente perdía América, sino también sus propias posiciones en Es¬paña. Idéntico origen tuvo la estricta prohibición a judíos, moros y conversos de viajar a las Indias occidenta¬les y radircarse en ellas, lo que muchos hicieron clandestinamente. Esta segregación en provecho de los naturales de Castilla se pro¬longó en el Nuevo Mundo en perjuicio de los criollos, excluidos sistemáti¬camente hasta la Independen¬cia de puestos públicos, dignidades eclesiásticas y políticas y privilegios económicos.

La marcha de la monarquía hispánica hacia el absolutismo nacional sufrió un brusco cambio de contenido con la conquista de América. Luego de impulsar el descu¬brimiento, con el único propósito de extender el comercio a nuevas tierras, la burguesía española, predominantemente aragonesa, no tuvo energías para afrontar tareas tan gi¬gantescas como las de derrumbar imperios, expropiar inmensas rique¬zas y dominar a millones de seres humanos por la espada y la cruz. Fracasó tanto en América como en España. No imaginó al gestar la empresa colombina que labraba su propia ruina. Los grandes de Casti¬lla sacaron, sin moverse de su reino, todas las ventajas de la conquista llevada adelante por sus compa¬triotas hidalgos o plebe¬yos, y completada por los misio¬neros católicos. Isabel  firmaba sola los docu¬mentos relativos a América, en los que nunca faltaba la aclaración de que pertenecía “a estos nuestros reinos de Castilla y León”, con exclusión implícita, cuando no explícita , del resto de España, y asi lo ex¬presó en su testamento, sellando la derrota de la burguesía catalana y aragonesa por la nobleza caste¬llana. Los derechos exclusivos de Castilla sobre América se legalizaron apartando a Colón del gobierno de las tierras descubiertas mediante argumentos polí¬ticos que desconocian las capitulaciones de Santa Fe. Pero no solamente se desconocieron las capitulaciones de Santa Fé, el Tratado de Tor¬desillas, que establecía el dominio de las tierras des-cubiertas para el rey y la reina de Castilla y Aragón y sus herede¬ros. Aragón que¬daba despojado de una herencia a la que tenían el ma¬yor derecho por haber partido de ellos la iniciativa del apoyo a Colon. El reavivamiento del sis¬tema  feudal, ante la inmensa perspectiva de riquezas, tierras y sier¬vos, determinó un histó¬rico viraje de la sociedad española. Al feudalismo, débil pero salvado por el descubrimiento, tuvo en España una posibilidad de subsistencia que no tenía en Eu¬ropa: la de una nueva cruzada en territo¬rio de infieles, la de un continente gigantesco donde la espada y la cruz encontrarían –y encuen¬tran– todavía ancho campo de acción.

Los españoles vinieron al nuevo continente con una ya larga e importante tradi¬ción arquitectó¬nica en la cual lo más propiamente español, y lo más popular, era el mudéjar, ya en proceso de desapa¬rición en la arquitectura culta. Aquí se en¬contraron, en México y centroamérica, y en los Andes, con dos tradiciones también im¬portantes pero totalmente diferentes de la euroislamica y entre si. De otro lado, en re¬giones como la Nueva Granada y Venezuela, prácticamente la arquitectura como tal no existía; solo pequeños asentamientos y construcciones precarias, y algunos cementerios y lugares sagrados como San Agustin, en el sur de la actual Colombia. El mudéjar, comun a la arquitectura colonial de los siglos XVI y XVII, permaneció latente en la Nueva Granada y Vene¬zuela, especialmente, sin muchas posibili¬dades de desarro-llarse, por la pre¬cariedad de los recursos y lo limitado de las demandas, hasta finales del siglo XVIII cuando flórese ya marcado por el barroco e incluso el neoclásico.

Carlos I

Para que América fuese monopolio de Castilla había que hacer de esta la trinchera de la Contrarreforma y aniquilar los brotes revolucionarios bur¬gueses. Esto no lo hizo Isa¬bel, pero sí su nieto Carlos con la visión ecuménica de un or¬den social agónico. El doble entronque de la casa de Austria con Castilla y Aragón marcó la tendencia euro¬pea hacia la monarquía absoluta, y se pre¬paró una coalición dinástica que, empuñando las banderas de la Contrarreforma, vencería a Francia e Inglaterra y aniquilaría las insu¬rrecciones internas. Pero al morir Isabel en 1504, los grandes señores castellanos cre¬yeron  llegado el momento de recu¬perar sus privilegios. Desaparecidos Fernando de Aragón y el cardenal Cisneros, los dos mayores obstáculos al desenfreno de la nobleza, Carlos de Gante solo pudo entrar a España acompa¬ñado de tropas alemanas que le pro¬porciono su abuelo Maximiliano. Sería desde entonces Carlos I de España y dueño de América a poco más de diez años de su descubrimiento. Rodeado como un títere por los mismos consejeros flamencos y borgoñe¬ses que saquearon a Castilla durante el breve reinado de su padre, aclamado por los grandes señores y sostenido financieramente por los ban¬queros alemanes, el jo¬ven monarca, que apenas hablaba español y tenía costum¬bres y modales extranjeros, se encontró en un medio hostil a su persona.

Mientras España se lanzaba al asalto de América, los grandes señores y los con¬sejeros, pese a la resistencia popular, saqueaban a España, y, en Castilla, Aragón, Cataluña y Va¬lencia cundió la rebe¬lión. Los procuradores de las ciudades entregaron a Carlos peticiones que tuvo que aceptar, sin intención de cumplir-las, logrando que las cortes castellanas, reunidas en Valladolid en 1518, le juraran fide¬lidad, evitando la guerra civil. Al tiempo, la muerte de su abuelo ponía el imperio del mundo a su alcance pero ocasionán¬dole graves inconvenientes: el des¬contento popular se exacerbó al anunciar que solicita¬ría recursos a las ciudades españolas para el viaje a su coronacion como Carlos V de Alemania, lo que las cortes castellanas, aragonesas y ca¬talanas rehu¬saron; y nada po¬día esperar de los alemanes: los burgue¬ses le ofrecían préstamos usureros y los prínci¬pes se cotizaban al mejor postor para ele¬girlo. Apremiado por sus acreedores, a Carlos no le alcanzaban los ingresos españoles procedentes de los diezmos y con¬tribu¬ciones normales, por lo que, a partir de 1517, la Casa de Contratación dependera de él, lo que le permi¬tira apro¬piarse de las rentas ame-ricanas y pagar sus acreedores. Pero Sevilla, lejos del mar, creaba difi¬cultades para el  comercio por la obligación de registrar allí la carga de los barcos, que a menudo tenian que arribar a puertos distintos y enviar por tierra su cargamento hasta alli, situa¬ción que duro hasta fina¬les del XVIII. Por otro lado, las limita¬ciones del Guadalquivir impedían el pro¬greso naval, orientado a barcos de mayor calado y tonelaje que respondieran mejor al creciente tráfico entre España y América, que fue en esa época el más importante del mundo. En las cor¬tes de Santiago y la Coruña de 1520, con¬vocadas por Carlos V, se resolvió que por ningún motivo la Casa de Contratación saliera de Se¬villa, se prohibió designar para ella funcionarios que no fuesen caste¬lla¬nos y se rechaza¬ron sistemáticamente las solicitudes de permiso de co¬merciantes de otros puertos. Es claro el carácter monopolista de la política económica de Castilla en perjuicio de las res¬tantes regio¬nes españolas y de ella misma, y de Amé¬rica, pues mataba el desarrollo ge¬neral de las fuerzas producti¬vas y el florecimiento ca¬pitalista, al tiempo que aglutinaba en ese reino el feu¬dalismo de toda Es-paña.  Al mismo propósito restrictivo obedeció la centralización del comercio in¬terno en la muy cas¬tellana Burgos. El consulado orga¬nizado allí monopo¬lizó el comercio con el norte de Europa en perjui¬cio de Barcelona, Valencia y Bilbao. A más de un siglo del descu¬brimiento, los españo¬les no castellanos solamente podían viajar a América clandestinamente, salvo concesiones muy especia¬les del rey. La segregación en prove¬cho de los castillanos se prolongó en el Nuevo Mundo en perjuicio de los criollos, ex¬cluidos sistemáticamente hasta la Independencia de puestos públicos, dignidades ecle¬siásticas y políticas, y privilegios económicos.

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Benjamin Barney Caldas

Benjamin Barney Caldas

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle y especializaciones en la San Buenaventura. Ha sido docente en los Andes y en su Taller Internacional de Cartagena; en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, en Armenia en La Gran Colombia, en el ISAD en Chihuahua, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998, y en Caliescribe.com desde 2011.