La autoridad no existe en la galería de Santa Helena

A unos pasos empieza el paraíso de los mangos, esos que uno suele conseguir gratis en temporada y que se descomponen por toneladas en los jardines de la Universidad del Valle. Aquí, tienen un valor comercial establecido. El lugar, la atmósfera misma, también tienen un valor establecido que se cobra por metro cuadrado y/o kilo de mercancía. ¿Quiénes cobran? Mmm. Una pregunta sórdida, tal vez. Tal vez se exageren las leyendas urbanas. Quien sabe. El registro oficial dice que se paga a cada propietario, muchos de los cuales son mayoristas que poseen sus propias bodegas, las mismas en las que las grandes cadenas de supermercados hacen su abastecimiento semanal para sus locales.
No sobra decir que el detalle de que la estructura de la galería haya sido diseñada por un arquitecto, lo cual se nota a primera vista y suele ser un vacío recurrente en las obras de gran tamaño, que tienden al cajón de concreto. Es esmerado diseño de sus formas llevó a sobrestimar el cuidado que se le daría en el futuro.

La calle 26 está totalmente bloqueada entre las 12 y las 4 de la mañana. El mercado de mayoristas, cuando llegan los peces gordos al lugar, se de en ese lapso. No es coincidencia que los taxistas que llevan pasajeros desde el centro al sur de la ciudad se desvíen por calles intermedias de los barrios vecinos. Los carros particulares suelen caer en la trampa y deben dar reversa. Los guardas de tránsito son una un animal raro a esa hora y la policía, de estar, parece concentrarse en tratar de encontrar el carrito sanduchero entre la multitud.
Los grandes compradores, y los proveedores, dejan el lugar al amanecer y se llevan consigo sus grandes camiones, dejando libre un carril de la calle 26, por fin. Lo cual ocurre solo temporalmente, porque las carretillas, las cuales no pueden dar reversa y causan grandes trancones, en las horas de la mañana. El tráfico por las calles aledañas es imposible a toda hora, tortuoso y visualmente desagradable, en algunos tramos cercanos al Planchón en los que el descuido estatal toma proporciones africanas.
El desorden evidente no es solo higiénico y en materia de orden público. No hay una unidad que organice todas las partes en que se ha dividido este monstruo: El Planchón, La Galería, y las zonas aledañas donde funcionan graneros, pescaderías y otros negocios de venta al por mayor y al detal. Si bien todo parece perfectamente organizado por sectores, las pescaderías están juntas, las queseras cerca una de la otra, los vendedores de mango al por mayor tienen su propia calle, la ciudadela comercial de abastos no ha sido integrada a la ciudad en un plan de desarrollo, que considere que la vía de transición más rápida de sur a norte en la ciudad es la calle 26, la cual se encuentra interceptada por la segunda mayor central mayorista de la ciudad.
Cualquiera ve el entuerto en la planeación. Tal vez el mayor afán de Jorge Iván Ospina con la construcción de la Autopista Bicentenario era habilitar ese corredor para conectar norte y sur en línea recta. Pero como muchas de las Megaobras imaginadas y socializadas, no llegó a concretarse, en ninguna de sus fases de construcción.
Pero en el interior de la galería también se cocinan las carnes. Los vendedores que se ubican dentro del complejo, son dejados atrás en ventas por los ilegales que se apostan en los andenes, que pertenecen a ese comercio que se formó en las calles aledañas. La gente piensa que es más caro adentro cuando no lo es por mucho o en nada. Sin embargo los vendedores del interior de la galería pagan tarifas diferentes y deben, a demás, pagar a los “vigilantes” por la seguridad de sus puestos.
Los vigilantes son grupos armados, compuestos por sicarios, que se encargan de mantener el orden cobrando una vacuna a los vendedores. Esto aparte de lo que muchos de los mismos tienen que pagarle a algunos caciques locales para poder hacerse en el lugar. La ausencia de las autoridades en el interior es total. Cuando una riña se presenta en días de mercado, en las afueras, la policía puede intervenir. Pero dentro y en días de menos concurrencia la justicia fantasma se aplica sin que nadie vea nada.
No hay las cantidades de compradores que se veían en años anteriores. La violencia que se ha tomado el lugar por parte de los grupos de seguridad, la colocación de puestos ilegales en las afueras de la galería y la apertura reciente de varias cadenas de supermercados como Mercamío, El baratón y otras, que se ubican en barrios cercanos a la residencia de muchos de los usuales compradores de estratos medios de las galerías, han minado el comercio interno de la galería hasta ponerlo en peligro de ruina económica si la tendencia se mantiene.
El peligro es inminente tendiendo en cuenta que el tratado de libre comercio recién cerrado, si bien no incluye los productos que se comercializan en la galería podría traer algunos que de alguna manera remplacen u ofrezcan a precios muy pequeños productos similares. Las autoridades no han hecho presencia en el lugar desde que Apolinar Salcedo logró mantener la calle 26 libre de mercaderes ilegales durante los últimos 3 meses de su mandato. Da risa ver al guarda de tránsito tratando de poner orden en el lugar, mientras a sus espaldas se comenten hasta 10 infracciones simultáneamente y todos, TODOS, los carros están parqueados en zonas prohibidas. Un cuadro que refleja el abandono absoluto de las autoridades al segundo centro de abastos de la ciudad.
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