Por una noche revive Calle del Pecado en Cali

Una calle que esconde los pecados de la vieja Cali: crónica

Por Jaime Salazar

Calle del pecado Cali

La semana anterior pasó un fenómeno inédito en Cali. El sábado 27 de agosto, al promediar la fría noche, cuando terminaban las presentaciones Petronio Álvarez, los espectadores del festival de música del Pacífico, en su mayoría jóvenes universitarios, hicieron una rara congregación espontánea en una calle olvidada en las páginas vetadas de la historia de Cali, la innombrable Calle del Pecado.

Esta vez, no se hizo el remate de carnaval como en tiempos de Feria, en la avenida sexta, Menga o Juanchito, tampoco en alguna de las conocidas discotecas que abundan a lo largo y ancho de la ciudad. La gente marchó como zombis alegres, algunos caminando por la calle quinta, hasta ese rincón oscuro y avejentado del que ahora dan en llamar el Cali-Viejo; a sólo una cuadra de la Cámara de Comercio y  el boyante corazón de Cali (que no el corazón de Ospina) se toparon con un par de ‘callecitas’ en T, orinadas de perro y con humo de fritangueras, cuyo lastre histórico es completamente desconocido para los jóvenes caleños.

Calle del pecado Cali

Al preguntar por el remate solo sabían decir que la rumba sería en una tal “calle del Pecado”. Los bailadores caleños, junto a sudorosos turistas nacionales o extranjeros, se dirigieron a hacía el misterioso lugar, cuyo sugerente nombre invitaba a la imaginación. Pero cuál sería la sorpresa al llegar a una calle del centro de Cali, totalmente vulgar, anodina, con dos pequeños barcitos, más bien de mala muerte, una calle angosta e infecta, a la que sólo parecía quedarle el rimbombante nombre, grabado en la memoria de algunos viejos caleños que recuerdan, sin confesarlo, sus días de lujuriosa gloria.

¿Qué pecados se cometieron?

La gente llegaba a borbotones, en grupos de entre 4 y 8 personas, la mayoría ya entonados con las bebidas tradicionales del pacífico; venían desde el remodelado Pascua con botellas de plástico con Tumba-catre, Arrechón o la Toma-Seca. Al llegar la media noche, ya los congregados se contaban por cientos y al finalizar la noche quizá por miles. Al lado de los travestis y las prostitutas habituales de la calle, se instalaron los jóvenes universitarios y los poetas atizados por el tronar de un tambor de cuero, que se decía, tocaba algún músico venido del mismísimo Petronio. El mismo 'Petronio' del Millón de dólares que ahora había pasado de ser la fiesta tradicional y marginal, a un evento de talla mundial.

—Todo es negocio —dijo un chocoano animoso— cuando el alcalde vio que esto le podía mover pueblo, le metió más plata, ahora esperemos que no se nos queden con el festival.

En una pared alguien escribió a manera de exorcismo: "La calle del 'Perdón'.. donde abunde el pecado sobreabunda la gracia!" Caminamos rumbo al interior de la masa, alguien dijo que el mejor ambiente se respiraba en el núcleo, donde sonaba marimba y currulao. La municipalidad siempre hospeda a las bandas del Petronio en los hoteles aledaños, de los más baratos de la zona; por eso, después de sus toques, frente al lobby empezaba la rumba de mayor calado, puesto que ya los músicos tenían más grados de calentamiento y licor.

Una mulata de caminar acompasado se nos acercó, como bailando, y con frases melosa nos dijo: “tengo toma-seca a diez mil, llévelo que está bueníiisimo…” Se trataba de una bebida con un bajo contenido de alcohol y con un leve sabor a canela.

Luego de pasar por decenas de ventas ambulantes, dulces, comidas, llegamos donde un par de negros grandes interpretaban música tradicional coreados por los espontáneos; los jóvenes afros bailaban al lado de los blancos sin distinción ni pena; sorprendía la sensualidad, la absoluta lujuria que se evaporaba a flor de piel entre los sinuosos movimientos de cadera de jovencitas con blusas vaporosas.

Un par de jóvenes se estremecían al compás del golpe del cuerpo, y más allá, una hermosa trigueña de pelo largo y negrísimo besaba a un flacucho mono caucásico, quizá escocés, sueco o noruego. Fue después que empezamos a ver que decenas de mujeres, transitorias o interinos de la calle del pecado, se les acercaban a los extranjeros y sin mediar seña les proponían negocios que incluían sexo. Un observador bien aguzado sabría que entre música y deseo, se estaban moviendo buenas sumas de dinero.

Entonces llegó el olor, aquél inconfundible e inembargable olor de sábila seca de cannabis, mezclado con el menos santo del bazuco o el almizcle de indio típico de la piel roja. Saber que antes, por estas mismas calles y estas mismas noches se movían en el bar “La Ronda” las gentes más exclusivas de la ciudad.

Pero ahora, con la disculpa del Petronio, esto daba para todo, hasta para cuadrar ‘pasión’ con alguna mujer de entrepierna inquieta, y terminar en alguno de los ‘despolvaderos’ de la zona, era una posibilidad.

Pero antes, preferimos salir del ojo del huracán, las calles desde “pecado” hasta la octava estaban cerradas, llegaron varias camionetas que en el cruce de la 4 amplificaron música del pacífico con grandes equipos y la fiesta se tornó hacia esa zona, se reinauguró la alegría; dos agentes de policía haciendo las veces de guardas desviaban el poco tráfico en contravía por las calles aledañas, otros cansados se sentaban en las bermas y los grupos se turnaban para ir al centro y conseguir las ya escasas botellas de viche o lo que hubiera. Tomar cerveza o aguardiente parecía tácitamente prohibido.

Cuando empezó a amanecer, los asistentes empezaron a huir cual vampiros amenazados por los rayos del sol. Quedaba como consuelo los estertores finales del Petronio, es misma tarde en el estadio. Ese Petronio y los más de 2000 mil millones invertidos en cultura afro pacífica, jamás se vi una Cali más integrada, cosmopolita y tolerante entre las razas, bailando alucinada y feliz por esta fiesta que desde ahora, y quizá por siglos, honrará a esa gente recia (pues las razas no existen) que desde el áfrica llegó a enriquecernos la vida y alegrarnos el corazón.

Espere la otra semana, la verdadera historia de esta calle: Según el Periodista Mario Galvis, ese siempre ha sido un sitio del bajo mundo, frecuentado por prostitutas, homosexuales y por cierto, regentado por gente de mala calaña, se sabe que en el pasado hubo sitios de ‘striptiseros’ regentados por cuatreros y gente de poca calaña.  si miramos hacia el pasado, hubo varios grilles que funcionaban  como antros de lujuria, perdición: “ahí llegaban prostitutas, travestis y gente similar, también funcionaron hoteles para gente del bajo mundo, en suma, es un sitio malevo…”

En la segunda entrega…


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