Manifestación del salvador a todos los Pueblos de la Tierra

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 05/01/2019 - 1:02pm
Edicion
402

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

Evangelio: san Mateo 2,1-12: “cayeron de rodillas y le adoraron”

Hemos celebrado en estos días la memoria del nacimiento de Jesús, Señor y Salvador del mundo. De seguro nos hemos interrogado por qué el Hijo de Dios nace en la oscuridad de una noche, en un sitio remoto y pobre, apenas reconocido por María y José y por unos cuantos pastores, incluso malfamados. Si de nosotros hubiera dependido, habríamos dado a este acontecimiento que divide la historia, la mayor solemnidad externa posible y hubiéramos convocado el mayor concurso de gente, ávida de sentir lo maravilloso. Son distintos los procederes de Dios. El mundo debía conocer la presencia del Hijo de Dios, Mesías, entre los hombres. La fiesta de la Epifanía del Señor nos ofrece el momento de ese encuentro entre unos buscadores de Dios, los magos, y el niño recién nacido que los ángeles anunciaron gozosos proclamando: Hoy les ha acido un salvador. Epifanía significa manifestación, descubrir y exhibir lo que permanecía oculto.

«Dios con rostro de hombre»

La vida religiosa, muy especialmente la vida cristiana, es un encuentro entre Dios que busca al hombre, porque lo ama, para hacerlo participar de su misterio divino, y el hombre, que lleva en su mismo ser el llamado a superar la barrera del tiempo y del espacio para encontrarse con Dios. El hombre tiene que llegar a descubrir que la necesidad que siente de salir de su inmanencia y dar el paso de la trascendencia solo se satisface cuando entra en relación personal de amor con Dios.

Nunca meditaremos lo bastante en el misterio de la Encarnación: que Dios se haga hombre y quiera compartir nuestra condición, hacerse semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. Que haya querido pasar también por la infancia con todo lo que ella significa de pobreza, dependencia, silencio, humildad, debilidades. Incluso, verlo reducido a este estado, puede despertar en nosotros sentimientos de compasión. Esa meditación en este misterio nos debe llevar a abrirnos plenamente a la acción divina que nos llega en Jesús Niño. El es la «Palabra silenciosa del Padre» (San Juan Eudes) que tiene mucho para decirnos; es el amor del Padre, encarnado en la pequeñez de un niño, que nos pide una respuesta de amor; es un llamado a seguir un camino espiritual que reclama de nuestra parte un compromiso a hacernos conformes a su imagen.

Esta experiencia de Dios en nosotros nos viene escenificada en esta fiesta de la Epifanía. Esta palabra significa manifestación: Acción mediante la cual Dios se hace sensible, cercano a los ojos para verlo, al oído para escucharlo, al tacto para tocarlo. Dios ya no es solo el Ser infinito que consideramos remoto e incluso ajeno a nosotros, sino el Dios encarnado, cercano, capaz de ser encontrado en un sitio en nuestro mundo, «Dios con rostro de hombre» (Benedicto XVI).

Otra fiesta de la Luz

Tanto en Roma como en Egipto y Oriente, las fiestas del 25 de diciembre y del 6 de enero tenían mucho que ver con la luz: la luz cósmica que, por estas fechas, empieza en nuestras latitudes a «vencer» a la noche, después del solsticio de invierno que es el 21 de diciembre. De ahí es fácil el paso a la luz de Cristo, el verdadero Sol que ilumina nuestras vidas. Ya Isaías anunciaba todo el programa de salvación de Dios bajo el símbolo de la luz: «llega tu luz, la gloria del Señor amanece sobre ti». Alrededor, «las tinieblas cubren la tierra», pero «sobre ti amanecerá el Señor». Además, el Pueblo elegido debe ser como un faro evangelizador para los demás: «y caminarán los pueblos a tu luz».

Eso se cumple en lo que nos narra el evangelio. Los Magos de Oriente, después de la fallida consulta a las autoridades de Israel, «se pusieron en camino y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el Niño». Nuestra actitud de acogida del misterio de la Navidad debería ser una actitud de apertura a la luz: «que tu luz nos disponga y nos guíe siempre para que contemplemos con fe pura y vivamos con amor sincero el misterio del que hemos participado».

En la bendición solemne que en esta fiesta traza el sacerdote sobre la comunidad, al final de la celebración, se afirma que «Dios os llamó de las tinieblas a su luz admirable», que «Cristo se ha manifestado hoy al mundo como luz en la tiniebla» y que al final de la vida nuestro destino es que «lleguemos a encontraros con Cristo, luz de luz».

Dos actitudes: hay que decidir

Aparece el contraste entre la postura oficial de rechazo por parte del pueblo escogido y la aceptación de los paganos por acoger el plan de Dios. ¡Qué diferencia de actitud en las personas! Esos personajes que vienen desde lejos, obedientes a una intuición misteriosa, llegan hasta Jesús, lo reconocen como el enviado de Dios y «cayendo de rodillas, lo adoran». Mientras que las autoridades de Jerusalén, tanto políticas como religiosas, empezando por el rey Heredes –que emprendió la construcción del Templo, pero se hizo famoso sobre todo por su crueldad- se asustan de lo que puede significar esa estrella y ese «rey» recién nacido. Y no saben reconocerlo.

En estos personajes quedan prefiguradas las dos actitudes ante el evangelio de Jesús: el rechazo por parte del pueblo de Israel y la aceptación por parte de los paganos. Las posturas engreídas, autosuficientes, los que creen saberlo todo, no tienen acceso a la Verdad, son incrédulos y viven en tinieblas. ¡Jesús es de todos! La luz nace para todos, así es Jesús: para los de cerca y para los de lejos; es la gloria del Señor anunciada por Isaías: una convocación universal. Jesús saca de cualquier prejuicio, provoca el éxodo de la fe y se hace Camino que hay que recorrer.- Finalmente, Jesús actúa como señal de contradicción: unos lo adoran, otros maquinan. Su manifestación compromete y divide. Con Jesús ha llegado el juicio fundamental: los que no creen ya están condenados.

Caminar y buscar

Es verdad que los Magos nos dan un gran ejemplo. Aunque de ellos no se nos dice ni cuántos son, a qué se dedican o de dónde proceden con exactitud, sí se ve que son personas que se ponen en camino, buscan la luz y la verdad, y quieren responder a la llamada que intuyen que les viene de Dios, venciendo con su fe las distancias y las dificultades y la acogida un tanto fría de las autoridades de Jerusalén. Todos necesitamos esta actitud de búsqueda y de disponibilidad, porque también nuestra fe es camino y búsqueda.

Ser universales

La fiesta de hoy nos recuerda que hemos de ser universales. Dios es universal en su plan de salvación y quiere que también nosotros lo seamos. Ahora que se da cada vez más en todas partes una mezcla de culturas y razas, por la creciente inmigración de otros pueblos, tal vez la lección más apremiante de la fiesta de hoy es que aprendamos de Dios a ser más abiertos de corazón: Ël quiere la salvación de todos los pueblos y razas, porque es el Padre de todos, y nos enseña a actuar así también a nosotros, con espíritu misionero, pero con corazón tolerante y solidario, comprensivo para todas las opiniones y culturas religiosas. Como Cristo que, a lo largo del Evangelio, aparece como nuestro mejor maestro y modelo de acogida a todos.

- Ser universales significa, en el nivel eclesial, que no nos encerremos en nuestro grupo o movimiento o cofradía, sino que nos abramos a la cooperación con los demás y tengamos una visión global de la Iglesia, no como patrimonio de un grupo o de una cultura.

- En el nivel social, ser universales significa que seamos claramente pluralistas, aceptando a las personas de otra raza y cultura, también religiosa, venciendo en nosotros mismos todo brote de «racismo», que no necesariamente se nota en nuestra relación con personas de otra raza, sino también de otra cultura, edad, opiniones políticas, etc.

- Ser universales en el nivel familiar o comunitario quiere decir ser tolerantes, capaces de dialogar, abiertos a los demás, no cerrados en nuestros gustos y blandiendo sólo nuestros derechos. Los Magos nos ofrecen un gran regalo: el ejemplo de su actitud acogedora: * dejarnos guiar, como ellos, por los signos del cielo: ¡mirar más al cielo que a la tierra! -* dar acogida en nuestras vidas a lo que significa Jesús como Salvador. -* y ofrecerle lo que tengamos: riqueza-pobreza; virtud-pecado; salud-enfermedad; alegrías-preocupaciones

La Epifanía hoy

Nuestro mundo necesita una perpetua Epifanía. Nunca nos faltará la luz que debe guiarnos hasta Jesús: la Palabra de Dios, el testimonio de los creyentes, el amor comprometido en nombre del Señor que ilumina la existencia de los oprimidos... La misma técnica que facilita la vida del hombre debe convertirse en una luz que ilumine al hombre y le haga descubrir que más allá de esa técnica, que parece ilimitada, está el Misterio de Dios que supera infinitamente todos los logros del hombre. María, que presenta a Jesús al mundo, tiene puesto en esta búsqueda. Ella también es una   aurora que nos lleva a Jesús-Despojándonos del lenguaje de los símbolos y de la escenografía que lo acompaña, meditemos en la enseñanza central que nos ofrece esta solemnidad de la Epifanía del Señor. Buscamos como los magos al Señor porque primero Él nos ha buscado para ofrecernos su vida. Ha iluminado nuestro camino a través de su Palabra, de personas que nos han encaminado hacia él como nuestros padres y maestros. Es preciso que tengamos sed del encuentro con el Señor. Que no nos desanimen los primeros obstáculos. María, madre nuestra, nos ofrece a Jesús.

Silenciosamente lo va haciendo encontradizo para nuestra búsqueda. Lo reconocemos como nuestro Dios y Señor y le tributamos nuestro homenaje. Más que regalos le entregamos nuestra vida y la de todos los que amamos. Una vez que lo hemos descubierto como nuestro Salvador, caminamos a su luz por la nueva senda que se nos abre en la existencia y nos hacemos sus apóstoles y testigos. Así debe ser la Epifanía para nosotros y para el mundo de hoy: llamada y manifestación de quien es la única y la máxima esperanza nuestra y del mundo en que vivimos.

 

 

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