El Espíritu de luz y fraternidad

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 30/04/2016 - 5:23am

Vida Nueva

P. Héctor De los Rios L.

Sexto domingo de Pascua

Hechos 15,1-2. 22-29: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables»
Salmo 67(66), 2-8: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben»
Apocalipsis 21,10-14. 22-23: «Su templo es el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero»

San Juan 14, 23-29: «El que me ama guardará mi Palabra»

La resurrección de Cristo y la venida del Espíritu Santo, enviado a todos por Cristo resucitado, son esencialmente la misma cosa: el Espíritu que habita la Iglesia es el fruto final de la Pascua. Por eso en la Misa de hoy la Iglesia habla del Espíritu Santo que trabaja en la primitiva Iglesia. En esta primera lectura, el Espíritu guía a la Comunidad cristiana discerniendo y decidiendo sobre cuestiones que dividían a los convertidos.

Cuando se lee entero el capítulo 15 de Los Hechos de los Apóstoles, (convendría hacerlo para comprender mejor el fragmento litúrgico), nos damos cuenta de que los apóstoles deliberaron con espíritu de comunión buscando descubrir la voluntad del Espíritu.

Eso es precisamente lo que hacen, en los Concilios, los sucesores de los apóstoles. El fruto de aquel «Concilio de Jerusalén» fue impulsar todavía más la universalidad de la predicación evangélica. Todos los Concilios con acentos diversos, han perseguido lo mismo.

El texto del salmo 66(65) corresponde al impulso de la predicación. En efecto, el Evangelio es para todos y así debe elevarse un cántico de alegría y de alabanza: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben»

El mensaje del Apocalipsis nos entrega la revelación de Juan sobre la presencia de Dios en la Iglesia, por su Espíritu. «La ciudad santa de Jerusalén» es símbolo de la Iglesia, cuya luz es el mismo Señor. Nosotros los cristianos estamos llamados a participar en esta luz á través del Espíritu Santo, que hemos recibido, y a compartir esta luz con los demás.

Después de contemplar, en las visiones, lo que Dios quiere para su Iglesia, ¿cuál puede ser la actitud de ésta sino la de invocar al Señor que es su principio y su fin? Este clamor de la Iglesia surge de la inspiración del Espíritu, es decir, de la vida de fe. Como los primeros cristianos, nosotros continuamos expresando esta súplica, sobre todo al celebrar la Eucaristía, porque es entonces cuando, de un modo real y misterioso, viene el Señor.

En el Evangelio San Juan nos habla del Espíritu prometido por Jesús. La promesa («el Padre les enviará (el Espíritu Santo) en mi nombre... para enseñarles... para recordarles mis enseñanzas») es precedida por una condición: amar a Jesús y ser fiel a su palabra; entonces Esto significa que la intensidad del Espíritu en cada uno de nosotros está en proporción a la fidelidad al Evangelio y al seguimiento de Jesús. La experiencia del Espíritu Santo y la imitación de Jesús van mano a mano en nuestra vida concreta.

Pero más aún, la promesa del Espíritu significa igualmente la promesa de Cristo de concedernos Paz. La Paz de Dios, tan diferente de la paz del mundo, no puede ser adquirida por simple fuerza de voluntad o por negociaciones políticas. La Paz de Dios es un don, que supone sin embargo el esfuerzo del hombre por llevar adelante la ley de amor de Jesús, de justicia y de reconciliación mutua.

Algunas preguntas para pensar durante la semana

1. ¿Crees verdaderamente que el Espíritu Santo habita tu corazón? ¿Piensas a menudo

2. ¿En qué situaciones, en las que estoy actualmente involucrado, debería yo pedir la guía del Espíritu?

 

 

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