Misericordiosos como el Padre Celestial

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 30/03/2019 - 5:54pm
Edicion
414

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

4° domingo de Cuaresma

Evangelio: San Lucas 15,1-8. 11-32: “Este hermano tuyo estaba muerto y resucito”.

El evangelio de Lucas es conocido como el «Evangelio de la Misericordia». Todo él puede ser leído como un gran relato que nos sumerge en el amor entrañable del Padre.

Dante llamó a Lucas «Escriba de la mansedumbre de Cristo». En la Palabra que hoy nos trae el evangelio de Lucas, Jesús es el gran protagonista: a través de sus palabras y sus acciones se revela el rostro misericordioso de Dios. Hace m ́s de dos mil años, sus discípulos fueron testigos privilegiados de ello. Hoy nosotros, discípulos atentos a su Palabra, nos disponemos a contemplar el evangelio como verdadera Buena Noticia del amor de Dios.

El Padre misericordioso

El misterio de Redención o reconciliación con Dios nos queda explicado por Cristo en esta bellísima parábola que llamamos del Hijo pródigo, o mejor, del «Padre misericordioso». Parábola que es la historia de todos los pecadores; la mía, la tuya, la nuestra... Todos ante Dios somos pecadores. Somos este hijo pródigo: El pecador va por todos los caminos, busca en la experiencia de todas las creaturas saciar su hambre. Por unos momentos se la distraen y le engañan. Lo que en realidad le dejan en el alma son experiencias de dolor, de hambre, de vacío, de soledad. Que en el mismo plan de Dios resultan llamadas, y avisos, gracias medicinales. El pecador con eso entra en sí mismo, reflexiona. Y... por fin se acuerda del Padre: de su Amor, de su Misericordia.

Este Padre que siempre nos ama y nos espera. Al primer balbuceo del hijo arrepentido todo lo olvida; nada le reprocha. Le rehabilita plenamente en su amor y en sus derechos.

No creernos justos

En la parábola hay un serio toque de atención para los que se creen «justos»; y aún se permiten despreciar a los demás como pecadores. Es el retrato del fariseo. Pero, a pesar de todo, también a éste ama mucho el Padre. Y también éste, no menos pecador por el orgullo que lo fue su hermano por la sensualidad, también, por fin, se dará cuenta de     que necesita el perdón del Padre; y de que el Amor del Padre lo espera a él como esperó al hermano pródigo. Todos, pues, entramos en la Salvación por la puerta del Amor y de la Misericordia del Padre. Esta puerta nunca la cierra el Padre. Pero sí puede el hombre cerrársela él a sí mismo por el orgullo, la contumacia, la infidelidad o apostasía. El pródigo es mal hijo porque peca contra el Padre. El hermano mayor es mal hijo porque peca contra el hermano. Y si bien cumple la ley, pero, espiritualmente, no está en comunión con su Padre. Convirtámonos como el pródigo; superemos el fariseísmo de su hermano. Todos necesitamos por igual del amor y del perdón del Padre.

ORACIÓN: ¿QUÉ LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS?

Dios de amor, Tú sales a nuestro encuentro como un Padre lleno de misericordia. Concédenos acoger tu amor entrañable que nos abre a la alabanza y a la acción de gracias, nos viste de fiesta. Reconocemos, Padre, que te hemos fallado, nos hemos alejado de tu Casa Con soberbia y autosuficiencia, hemos creído que nos bastamos por nosotros mismos. Nos creemos mejores que los demás, que no necesitamos conversión y no participamos de la alegría de un hermano que vuelve a la Casa...

Somos intolerantes y mezquinos... Estamos lejos de tus sentimientos de misericordia... Nos alegran los fracasos de los demás y no les damos la oportunidad de recuperarse, de convertirse, de regresar a casa. Concédenos, Padre, la gracia de la conversión, que reconozcamos que hemos pecado y, acogiendo tu perdón y misericordia, decidamos volver a Ti, tener un corazón misericordioso para acoger a nuestros hermanos y alegrarnos por su conversión y celebrar la fiesta de la reconciliación: «Misericordia, Señor, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa». Amén

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