Acoger a los pequeños y marginados

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 29/09/2018 - 9:49am
Edicion
388

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

26 domingo del tiempo ordinario

Evangelio: San Marcos 9,38-43.45. 47-48

En el evangelio de san Marcos que escuchamos hoy, Jesús va camino de Jerusalén, llevando consigo a sus discípulos. Es la marcha que termina en la muerte y la resurrección. Y Jesús enseña a ese grupo que lo acompaña a vivir en comunidad de vida y de afecto. Hacer signos de liberación del hombre es estar en la misión de Jesús. ¿Por qué, de dónde puede provenir el bien sino de la fuente única que es Cristo? Quienquiera que hace el bien está actuando en el Reino del Señor, quizás incluso ignorándolo.

Juan, apóstol de quien tenemos buena imagen, se muestra sin embargo duro y discriminador. Creyendo dar una buena noticia a Jesús le dice: «Hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir porque no es de los nuestros». Para Juan ése tal no tiene derecho a hacerlo porque no va unido a ellos en el camino: «No es de los nuestros», dice.

Jesús habla con claridad a sus discípulos de las exigencias básicas de la vida cristiana y expresa lo que, a sus ojos, caracteriza al discípulo: «El que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mí».. En el texto que hemos escuchado podemos distinguir varias de esas exigencias.

La primera exigencia de la vida cristiana: cómo juzgar a aquéllos que no van en la marcha pero que se interesan por él. Cómo los vemos nosotros, cómo los considera el Señor. Juan, precisamente él, con toda la fuerza que su persona va a representar en la Iglesia primitiva, dice a Jesús que algunos, apoyados en su persona, expulsan demonios.

¿Son seguidores a igual título que Juan y los que lo acompañan?

Es discípulo el que hace las obras del Reino: combate los males del mundo y del hombre; siembra la Palabra y sana el corazón de los demás. Eso lo hace auténtico discípulo. Su acción no viene de él sino de aquel en cuyo nombre actúa, así sea anónimamente. Así entra en el misterio de la persona. Para el semita el nombre está por la persona. No es un mero factor de distinción de unos con otros, sino que el nombre indica lo que cada uno es.

La segunda consigna de la vida cristiana es reconocer la presencia del mismo Jesús en el discípulo: Jesús aprecia como hecho a él hasta el mínimo detalle y lo valora con bendición eterna: «Todo aquél que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no perderá su recompensa» Detrás de esas palabras están los misioneros de la Iglesia primitiva, caminantes muchas veces necesitados de un refrigerio. Ayudar y confortar al discípulo es hacerlo al Señor mismo. El es un signo de su presencia en el mundo. Mirada honda de lectura del hermano que sigue al Señor como discípulo y misionero.... Pero con nuestras maneras de juzgar y actuar a veces podemos ir en el grupo de Jesús pero no estar en su corazón ni en el de los hermanos.

a) «Quien da un vaso de agua»: Jesús se está dirigiendo a Jerusalén para dar su vida. ¡Gesto de gran donación! Pero Él no se olvida de los gestos pequeños de donación en la vida de cada día: un vaso de agua, una acogida, una limosna, y tantos otros gestos con los cuales podemos revelar el amor. ¡Quien desprecia al ladrillo no podrá nunca edificar la casa!

b) «Porque son de Cristo»: Jesús se identifica con los que quieren pertenecer a Él. Esto significa que, para Él, valemos mucho. Por esto, debemos preguntarnos siempre. «¿Quién es Jesús para mí?» y también es bueno preguntarse: ¿Quién soy yo para Jesús? En este versículo encontramos una respuesta que nos da valor y esperanza.

Continúa Jesús con el «escándalo». Esta palabra encierra aquellas actitudes del discípulo que hacen tropezar al seguidor del Señor, desviarlo de su camino y quizás comprometer el sentido de su vida. En el mundo encontramos siempre esas actitudes.

Esos «pequeñitos que creen» en Él, no son solamente niños inocentes. Es todo cristiano que, con humildad, se ha entregado al Señor y que Él ama como se ama con respeto y ternura a un pequeño. Ojalá nosotros nos contemos entre ellos.

Escándalo para los pequeños. «Escándalo» es aquello que desvía a una persona del buen camino. Escandalizar a los pequeños es ser motivo para que los pequeños se desvíen del camino y pierdan la fe en Dios. Quien hace esto, recibe la siguiente sentencia: «¡Soga al cuello, con una piedra de molino para ser arrojado al fondo del mar!» ¿Por qué tanta severidad? ¡Porque Jesús se identifica con los pequeños!

Quien los toca, toca a Jesús. Hoy, en muchos lugares, los pequeños, los pobres, muchos de ellos abandonaron la Iglesia católica y las iglesias tradicionales y van a otras iglesias. ¡No pueden creernos! ¿Por qué? Antes de acusar a los que pertenecen a otras iglesias es bueno preguntarse: ¿Por qué se van de nuestra casa? Si se van es porque no se sienten en casa con nosotros.

Algo nos falta. ¿Hasta qué punto somos culpables? ¿Merecemos la soga al cuello?

En este drama nos estamos jugando nuestra realización total. Llegar a Dios es coronar su proyecto sobre nosotros. No llegar a él es perder del todo el sentido de la vida. Por eso para el Señor es necesario que el hombre haga con toda cordura la gran opción de la vida. La última  recomendación parte de la gravedad del escándalo. Lo dice con una parábola que evidentemente no vamos a tomar al pie de la letra. «Si tu mano...tu pie  ... tu ojo te hace caer, córtalos, arráncalos»... Estas frases no pueden ser tomadas literalmente. Significan que la persona debe ser radical en su opción por Dios y por el Evangelio. Los tres ejemplos que el Señor nos presenta representan los grandes valores de la vida. La mano es signo de poder, de dominación, de posibilidad para el trabajo y la vida. El pie es necesario para la marcha y para el logro de las metas. El ojo es la aptitud de valorar el mundo, de buscar poseer con avidez los bienes terrenos, el mundo donde vivimos para gozarlo, usarlo y servirlo con plenitud de responsabilidad. Pero todo eso se hace secundario, sacrificable, cuando están en riesgo los bienes mayores, esos que quizás hacemos secundarios: la fe, el amor de Dios, el seguimiento del Señor, la construcción del mundo que Dios quiere en justicia y paz.

La expresión «Gehenna» (infierno) donde su gusano no muere y el fuego no se extingue» es una imagen que indica una situación de la persona que se queda sin Dios. La Gehenna era el nombre de un valle vecino a Jerusalén, donde se arrojaba toda la inmundicia de la ciudad y donde había siempre un fuego encendido que quemaba toda la porquería. Este pestífero lugar se usaba por el Pueblo para simbolizar la situación de una persona que no participaba del Reino de Dios.

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