Maestro, haz que recobre la vista

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 27/10/2018 - 11:06am
Edicion
392

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

30 domingo del tiempo ordinario

Evangelio: san Marcos 10, 46-52

Puesto que un relato pone en escena a unos actores, es importante hacer la lista de  ellos, señalar su función y sus relaciones mutuas dentro del relato.  «Ellos»: es el sujeto del verbo «llegan». ¿Quiénes son ellos? Según las perícopas anteriores, se trata de Jesús y sus acompañantes. Jesús: es el personaje central, el protagonista, respecto al cual se sitúan todos los demás actores. Los discípulos: son los que siguen, «acompañan» a Jesús. Antes se los había calificado de «temerosos»

La gente: es esa «gran muchedumbre» que va con Jesús y los discípulos. Su papel es ambiguo. Notemos cómo el evangelista distingue entre los «discípulos» de Jesús y «gran  muchedumbre». Bartimeo: el ciego.

Finalmente, después de una larga caminata, Jesús y sus discípulos llegan a Jericó, última parada antes de llegar a Jerusalén. El grupo de Jesús («ellos») está en camino, se desplaza, atraviesa simplemente la ciudad de Jericó. En cambio, Bartimeo está «sentado junto al camino».  De esta manera, se presenta como completamente al margen del grupo que pasa: está estático y fuera del camino. La situación del grupo de Jesús (en camino, pasando) y la del ciego Bartimeo (sentado y al margen, es decir, pasividad y marginamiento) son irreconciliables: El grito del ciego: Sin embargo, aquel hombre había demostrado tener esta confianza primordial. Al acercarse Jesús, se había puesto a «gritar», invocando la ayuda del Señor: Le grita Dios, como le «gritan» los suplicantes del Salterio para expresar su petición y alcanzar la salvación, y como los creyentes también, iluminados por la verdad que viene a ellos, «gritan» su fe para pregonar la acción de Dios; así «claman» a Dios «¡Padre!» los que recibieron el Espíritu. Así «grita» el ciego a Jesús, suplicándole: «Ten compasión de mí», y aclamándolo: «Hijo de David».

«¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!»: marca una diferencia esencial entre lo que le indica la gente («Al enterarse de que era Jesús de Nazaret»:  y lo que cree el ciego: éste «reconoció» (que es más que «ver») en Jesús, no al simple hombre de Nazaret, sino al «Hijo de  David», es decir, al «Mesías»...

Paradójicamente, esto revela que el ciego es más «clarividente» que la gente y los discípulos...: Reacción de la gente ante el grito del pobre El grito del pobre es incómodo, no gusta. El evangelista lo muestra con esos rasgos que presentan a la multitud increpándolo, «para que se callara», y al hombre «gritando mucho más» su fe en el «Hijo de David».

Reacción de Jesús ante el grito del pobre ¿Y qué hace Jesús? ¿Cómo escucha Dios el grito? Jesús «se detuvo»: y ordenó llamar al ciego. Este gesto de Jesús es clave para el cambio de situación; va a hacer posible el encuentro entre El y el enfermo.

La orden de Jesús: «llámenlo»: subraya el sentido del detenerse Jesús. En efecto, se detuvo para llamarlo. Y allí comenzó el cambio de situación. Esto nos hace ver cómo la Palabra de Jesús puede transformar por completo una existencia humana... Ese gesto de Jesús y su mandato cambian la actitud de los que antes querían hacer callar al ciego: la gente queda transformada, ya que pasa del rechazo al ciego: «Muchos lo increpaban para que se callara») a apoyarlo y darle ánimo: ¡Ánimo, levántate! Te llama»). La gente, por esa palabra de Jesús, también es transformada y comienza a ver las cosas con ojos nuevos (y, si embargo, ellos no eran ciegos...).

El ciego se pone en movimiento: «Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino ante Jesús».  Así, pues, el detenerse y la llamada de Jesús han provocado el movimiento del ciego, que llega al lugar de Jesús: «vino ante Jesús»: «Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron junto a él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar». Llegar al lugar de Jesús, «venir ante El» significa no quedarse ahí parado, pasivo, al margen, sino emprender el camino con Jesús: «lo seguía por el camino».

Conversación de Jesús con el ciego y su curación

Ahora comienza el proceso de verdadera liberación del ciego: se incia cuando Bartimeo deja atrás su antigua situación («arrojando su manto, dio un brinco»), y corre para llegar a Jesús. No posee mucho; apenas un manto. Es lo único que tiene para cubrirse el cuerpo. ¡Esta es su seguridad, su tierra firme! Y, sin embargo, tiene que dejar todo eso, liberarse por completo, para ir a la conquista del mundo nuevo que le ofrecerá Jesús.

La pregunta de Jesús al ciego: «¿Qué quieres que te haga?»: provoca al ciego para la profesión de fe. En efecto, la respuesta del ciego marca su proximidad real con Jesús: «Rabbuní:maestro» y su convicción de que sólo Jesús puede hacerle ver: «¡que vea!».

«Tu fe te ha salvado»

La «curación» es el signo visible de una transformación mucho más interior. De hecho, el ciego «ve» ya antes de su curación: sólo él ha sabido reconocer en Jesús, no al simple hombre de Nazaret, sino al Hijo de David, al Mesías. Es decir, su «visión de fe» precede a su «visión humana». Esta visión de fe, ante la llamada de Jesús, le hace tirar su manto de mendigo para saltar, ponerse en pie, «resucitar». Entonces, la curación, en sí misma, es secundaria y no tiene necesidad de descripción. La Fe necesita de la proximidad para durar. Por eso, Jesús lo pone en movimiento: «Vete», le dice y lo arrastra en su seguimiento por el camino de Jerusalén. Se da, por tanto, aquí una equivalencia muy rica de sentido entre VER y CREER, entre CREER y SEGUIR. La equivalencia entre «ver» y «creer», que aparece a lo largo de todo este relato, es proclamada por Jesús con estas palabras: «Vete, tu fe te ha salvado». En Mc. 10, 32, Marcos presenta a Jesús «adelantándose» a los discípulos, «que lo siguen  asustados». Este mismo verbo  «seguir») se repite en el relato del ciego: una vez curado, ahora con los ojos abiertos y «recobrada la vista, Lo seguía  por el camino». Lo que sólo a duras penas hacían los discípulos, incapaces de entender su enseñanza, el hombre de Jericó, cuyos ojos cerrados simbolizaban el trabajo que les cuesta a los discípulos «ver» a Jesús, se convierte en la imagen de la curación que Jesús realiza en los suyos.

Curado, Bartimeo sigue a Jesús y sube con Él a Jerusalén hacia el Calvario. Se convierte en un discípulo modelo para Pedro y para nosotros: ¡creer más en Jesús que en nuestras ideas sobre Jesús!

En conclusión: SER DISCÍPULO, ser creyente es, al mismo tiempo, reconocer quién es Jesús y ponerse a seguirlo por el camino de Jerusalén, es decir, por el camino de la Redención.

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