Prólogo de una vida: Gerardo Bedoya Borrero

Por Carlos Holguín Sardi el Sáb, 25/03/2017 - 9:45am
Edicion
309

*Carlos Holguín Sardi

 Ex Ministro de Estado

Uno de los grandes dolores de mi vida es no haber podido acompañar personalmente a Gerardo, ese trágico día

Para rendirle un tributo de recuerdo y amistad a través de unas palabras escritas compendiadas y editadas, resulta para mí un deber perturbador porque uno de los grandes dolores de mi vida es no haber podido acompañar personalmente a Gerardo, ese trágico día en el cual el horror de nuestra larga violencia le cegó la vida. Recordarlo hoy 10 años( 20 ahora)  después,  con la misma amargura que entonces, produce una conmovedora nostalgia.

Yo he preferido escribir sobre Gerardo niño y adolescente que yo conocí a través de la íntima amistad de nuestras madres, como un prólogo no un libro  sino como el prólogo de una vida, la de Gerardo.

Rendía  devoto tributo a la tierra de sus mayores, a Cali y al Valle

Del Gerardo con el que jugábamos, peleábamos y discutíamos entre los aficionados al fútbol y los aficionados a la hípica como él, en casa de la inolvidable Lucia García de Vernaza, en juegos de fantasía imaginativa, de niños metidos a grandes, en los cuales Gerardo les ponía la dosis de intelectualidad, editando y produciendo el periódico en hojas de cuaderno de estudiante, editado a mano y con caligrafía palmer inconclusa e imperfecta. El prólogo de Gerardo, quien desde entonces rendía  devoto tributo a la tierra de sus mayores, a Cali y al Valle, al sancocho vallecaucano, como una expresión de esa identidad, con la cual el pretendía identificarse más que ninguno.

Gerardo fue un buen hombre que quería vivir como un gentil – hombre. Para nadie como para él tenía valor la bondad y la gentileza. Fue delicado y  pulcro. La idea y el pensamiento. Los valores a los cuales se aferró con esa tozudez que le era característica y que formaba parte de su personalidad hasta tal punto de que esa devoción y consagración a los valores, a la idea, al pensamiento, lo abstraían a ratos de la realidad cuotidiana y absorbente.

Prólogo de una vida: Gerardo Bedoya BorreroProfesaba esa devoción por los valores, las ideas y el pensamiento, desde muy joven, casi desde cuando era adolescente. Por desarrollar pensamientos, el elucubrar sobre ideas y teorías, poseyendo como poesía, una inteligencia prodigiosa y una memoria excepcional, perdía los años en el bachillerato. Por esa devoción lo cautivó la figura de Laureano Gómez, cuando ya no era el líder sino el desterrado que escribía “cartas desde el exilio”, que repartíamos de manera subrepticia entre vecinos y parientes. Cartas contra los obispos obsecuentes con la dictadura, contra la corte prevaricadora, contra el usurpador. No recuerdo como ni porque nos llegaban, las leíamos, las comentábamos los dos (niños metidos a grandes), la reproducíamos en “esténcil”, la fotocopiadora de entonces, el mimeógrafo, y las repartíamos por debajo de las puertas en el vecindario más próximo, sin que se diera cuenta ni siquiera nuestras madres, ya para entonces viuda la mía. Esa fue como la aventura juvenil de Gerardo. No se le conocían por entonces novias y fiestas. Su placer y su aventura era difundir el pensamiento y las ideas de Laureano. Así fue después en la Universidad.

Su aventura, su recreación, su placer, eran las tertulias con Nicolás Gómez Dávila el inconmensurable pensador bogotano. Eso para él era más gratificante que ir a un paseo, visitar una muchacha, tener novia o jugar unas manos de naipe, corazones o póker, como lo hacíamos sus compañeros. Tampoco sé por qué ni cómo surgió esa amistad y ese diálogo. Hoy supongo que por esa devoción de Gerardo hacia el pensamiento, hacia la idea, hacia los valores. Quisiera saber cuántos de los “escolios”  de Gómez Dávila fueron comentados, analizados, discutidos entre ambos. Clasifiqué dos o tres de esas aventuras nocturnas en la Casona de la Cra.11 y era un verdadero espectáculo oírlos dialogar, aún para cuando ser objetivo y sincero, había más un monólogo de parte de Gómez Dávila, pensador y maestro, diletante y filósofo, expositor y conversador inigualable. Gerardo lograba ponerse a su altura.

Adicción al pensamiento, a la idea, hacia desde entonces improbable que Gerardo fuera hombre de acción

Esa adicción al pensamiento, a la idea, hacia desde entonces improbable que Gerardo fuera hombre de acción. No obstante ello y precisamente porque concebía la política como el más apropiado escenario para la lucha por las ideas, se vinculó a ella. Iniciamos juntos un peregrinaje por la vida, que a mí me llevaría generosamente, donde estoy y a él al periodismo y de allí a la tumba. Por lo mismo: Por profesar ideas, por creer y pregonar ideas y ser coherente entre lo que se piensa, en lo que se dice, lo que se escribe y lo que se hace.

Tratando de seguir la huella, las ideas que encarnaba Álvaro Gómez, nos dimos a la tarea de llevar su estilo, “un nuevo estilo” a la política conservadora vallecaucana.

Gerardo lo hizo siempre con ese idealismo que le era propio. La política no era para él, la actividad frenética a las giras, las reuniones, los encuentros, las conversaciones con los líderes de los barrios o de los pueblos. Si esta se daba era para enseñar, para doctrinar.

De pie encima de un tahurete ante una plaza de corregimiento cordillerano, en la casa del partido o en la casa de líder de barrio, Gerardo se ponía a enseñar doctrina. Para él la política era una escuela más que un campo de lucha.

Siendo muy joven de la mano de Rodrigo Llorente, incursionó en la burocracia, las estadísticas y las cifras económicas. No era ni su fuerte ni su vocación, pero lo hizo bien y lo hizo con esa vocación para aprender que le era propia.

Esa vocación para aprender la mantenía siempre ocupado en lecturas interminables y para algunos indescifrables. Por eso leía incesante e insaciablemente. Lo cautivaban los filósofos de derecha  a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Allí abrevaba un clasicismo modernista que quiso que fuera su ubicación temporal en el mundo de las ideas  y también, porqué no de la poesía, incursionó fugazmente para dejar la misma huella del pensamiento clásico – modernista.

Con ese bagaje y con ese acopio de intelectualidad cautivaba a quienes deseaba cautivar

Con ese bagaje y con ese acopio de intelectualidad cautivaba a quienes deseaba cautivar y alejaba a quienes consideraba que no estaban a la altura de las inquietudes, de las circunstancias o de la coyuntura.

Por eso era selectivo en amistades y afectos. Muy pocos alcanzaban la calificación adecuada para gozar de su trato y amistad y eso lo hizo aparecer como huraño entre muchos, pero quienes gozaban de su amistad lo sentían cálido y afectuoso y lo valoraban con el aprecio que se debe a las personas, con cuyo trato se enriquecen los humanos. Así, quienes lo conocimos en la intimidad no lo olvidaremos jamás.

*Alcalde de Cali, Ministro de Comunicaciones, dos veces Gobernador del Valle, Ministro del Interior y Justicia, Concejal, Senador de la República, Precandidato Presidencial.

*Caliescribe  reproduce el Prólogo escrito en el libro:

GERARDO BEDOYA BORRERO – 10 AÑOS – SU VIDA Y OBRA.

Búsqueda personalizada