El más grande en el Reino de Dios

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 22/09/2018 - 2:10am
Edicion
387

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

25 domingo del tiempo ordinario

Evangelio: San Marcos 9,30-37

Jesús anuncia a sus discípulos cuando se encamina a Jerusalén, su pasión: va a ser entregado en manos de los hombres, que lo matarán... Cómo no reconocer allí las palabras del libro de la Sabiduría: Sometamos al justo a la afrenta y la tortura... Jesús, en esta parte del evangelio de san Marcos, se empeña en revelar a sus discípulos la verdadera imagen del Mesías y su misión. No el que soñaban los hombres de su tiempo, sino el que correspondía al designio del Padre Dios. Sus palabras son duras, se diría que crueles. No usa lenguaje delicado sino violento. El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres que lo matarán...

Esas palabras enterraban las ilusiones de sus oyentes. Pero, al tiempo, abrían la puerta de la esperanza y de la plena realización del plan divino: Y después de muerto, a los tres días resucitará. Esa palabra, resurrección, no estaba en sus expectativas. Y prefieren refugiarse en su ignorancia y en sus sueños antes que ahondar en lo que Jesús decía: Pero no entendían aquello y les daba miedo preguntarle.

Para Jesús lo más importante es dar su vida por el hombre en un martirio doloroso; para los discípulos es ambicionar equivocadamente un poder que oprime. Y para mayor desconcierto Jesús sorprende a sus discípulos en conversaciones que revelan planes muy diferentes de los que él les revelaba. Jesús nos enseña que en ocasiones hay que abordar a las personas y enfrentarlas con la verdad. De qué hablaban en el camino, les pregunta. Para Jesús no hay nada oculto en el corazón del hombre.

En contraste con la actitud de Jesús, que como justo acepta la voluntad del Padre sobre él, los discípulos discuten de modo egoísta y mezquino sobre quién es entre ellos el más importante. La inquietud de sus discípulos era puramente humana, interesada, egoísta. Soñaban con un reino terrenal en el que hay categorías de personas y puestos de mando, unos más importantes que otros.

Conocían las estructuras políticas de la época. Jesús hablaba de una entrega en servicio hasta el sacrificio mismo de la vida. Dejaba entrever un final cruel. Ellos pretendían vanidades Están fuera de la actitud del justo que debe ser la de todo seguidor de Jesucristo. Su actitud es tanto más reprochable cuanto son conscientes de que ése no es el camino del discípulo de Jesús. Su silencio ante la pregunta de Jesús así lo manifiesta. Queda claro que están cerca del Maestro porque lo van siguiendo, pero distanciados de él porque no asimilan su actitud fundamental ante los demás: no son servidores de la comunidad como los quiere él.

La actitud de Jesús ante ellos encierra una lección para todo aquel que ejerce autoridad sobre los demás. «Se sentó», lo que indica que quiere enseñar. Llamó a los Doce y les dijo: Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos. No basta con hacerse el último. En eso incluso puede haber una humildad disfrazada. Es necesario asumir la condición del servidor, el que entrega su tiempo y sus capacidades, desinteresado, en bien de los demás.

Y apela a su capacidad pedagógica con una escena conmovedora. En el grupo había, incluso, niños: «llamó a un niño, lo puso en medio, lo abrazó». Para Él los niños son la imagen de la dependencia humilde de los mayores. Un niño necesita atención, ternura, cuidado. No se puede procurar él mismo la seguridad. Con una profunda dimensión humana que nos revela el amor de Dios que ama con corazón de hombre abraza a un niño y pronuncia una palabra que revela la inigualable grandeza de los pequeños y los débiles. En ellos, en su fragilidad, se hace presente el amor y el poder salvador de Jesús y por tanto el del Padre celestial.

No basta dedicar preocupación y tiempo a los demás. Es necesario distinguirlos y amarlos. No basta ser efectivos, también hay que ser afectivos. El servicio es desinteresado. Simplemente sirve y ama. El niño como destinatario del servicio no da ventajas al que sirve. En la cultura del tiempo del Señor el niño es insignificante. No tiene por sí mismo cómo retribuir. Simplemente representa debilidad, incapacidad, dependencia.

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