Domingo de Pentecostés

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 19/05/2018 - 2:16am
Edicion
369

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

«Reciban el Espíritu Santo»

Evangelio: San Juan 20, 19-23

Empieza una nueva creación. Así como Dios había alentado sobre aquella figura de barro para darle la vida, Jesús da el Espíritu a los discípulos para que tengan su misma vida, una vida que se caracteriza por la reconciliación, por la capacidad de ser corderos de Dios que quitan el pecado del mundo a base de dar la propia vida por amor y con plena libertad.

San Juan en su evangelio une estrechamente el don del Espíritu Santo a la misma Resurrección del Señor. Para él en el mismo día en que resucitó, Jesús glorioso, da a sus discípulos el Espíritu Santo.

También expresa el Señor la presencia del Espíritu a través del soplo con que cobija a los discípulos. Alguna tribu africana, ante la carencia de la palabra espíritu en su lenguaje, escogió hablar de la Santa Respiración de Dios.

Y para que la misión confiada tenga un aval de autoridad y poder, también de forma solemne, les otorga la facultad divina de perdonar o retener los pecados (por ejercerla Jesús fue acusado de blasfemo por los fariseos).

«Exhaló su aliento»: En este ceremonial sacramental Jesús realiza un gesto simbólico: soplar sobre ellos. Es un gesto significativo de inspiración vital   y nueva creación. Ese hálito que Cristo comunica es su Espíritu: «Reciban el Espíritu Santo», portador de las facultades que les otorga.: «A quienes le perdonen los pecados, les quedan perdonados...»

Otra consecuencia del Espíritu es el poder concedido por Jesús a sus discípulos de perdonar los pecados. Derribar esa barrera que se levanta entre Dios y nosotros. De modo especial el perdón es don propio de la resurrección. Por ella Dios abre la puerta del mundo nuevo inaugurado en Cristo resucitado, mundo al que todos estamos invitados. Todo cuanto obstaculiza nuestra entrada allí, todo alejamiento voluntario de quien es la fuente de la Vida eterna, toda soberbia y enfrentamiento insolente ante Dios, todo debe desaparecer. Dios reviste a su Iglesia, representada por los discípulos, de la capacidad de perdonar en su nombre. Pero también existe la posibilidad de que ese poder de misericordia se frustre, por causa nuestra. Que obstinadamente queramos permanecer en la lejanía y la enemistad hacia Dios. La Iglesia, siempre abierta al perdón, será el reproche constante ante los ojos y el corazón de quien quiere permanecer pecador.

La paz y del perdón

El Evangelio nos recuerda que la paz y el perdón son dones y efectos del Espíritu Santo. Son también una dimensión de la unidad y fraternidad en la Iglesia y en la sociedad.

La paz proviene de una fraternidad sólida y bien establecida. La fraternidad proviene de la práctica de la justicia y la misericordia, que va más allá de la justicia. Cuando esta práctica es suficientemente estable, se arraigan la fraternidad y la verdadera paz.

Acentuemos, como lo hace el Evangelio, la importancia de la misericordia para edificar la fraternidad y la paz. La misericordia tiene que ver con el perdón y la reconciliación,

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