El dinamismo del Reino

Por Héctor de los Ríos el Dom, 17/06/2018 - 5:46pm
Edicion
373

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

11° domingo del tiempo ordinario

 

EVANGELIO : San Marcos 4,26-34

Jesús toma ejemplos de la vida cotidiana para hablar de la presencia del Reino de Dios en la misma. Contempla la realidad con una profundidad que le permite rastrear las huellas de Dios en la historia. Nos enseña a mirar con nuevos ojos nuestra propia vida y descubrir en ella las llamadas de Dios, su presencia fecunda. ¿Cómo leemos lo que pasa?

La historia ha de la semilla que crece por sí misma.

La primera parábola nos presenta a Dios como el agricultor que siembra con esmero (cfr. San Marcos 4, 3 = parábola del sembrador), un agricultor que siembra y espera pacientemente a que la semilla dé frutos. Hace su trabajo, pero todo no depende de él.

Son como los dos aspectos de nuestra vida cristiana: tarea y don / don y tarea. Exige nuestro compromiso, pero también nuestra confianza. También está presente la idea del proceso: semilla, brote, hoja, espiga y grano.

En estado permanente de Misión

A veces, los frutos aparentes son falsos. El verdadero fruto está escondido, se produce en aquéllos que habíamos despreciado como «malos». Dios actúa y juzga de una manera distinta a como lo hacemos los hombres.

Después de preparar la tierra con todo cuidado, ¿qué puede hacer el labrador una vez que ha sembrado la semilla? No puede hacer más que echar azadón y arrancar las malas hierbas. Y luego esperar pacientemente hasta el tiempo de la cosecha. El agricultor que planta conoce el proceso: semilla, fino hilillo verde, hoja, espiga, grano. El agricultor sabe esperar, no siega el grano antes de tiempo. Pero no sabe cómo la tierra, la lluvia, el sol y la semilla tienen esta fuerza de hacer crecer una planta de la nada hasta la fruta.

Así es el Reino de Dios. Es un proceso con etapas y momentos de crecimiento.  Sucede en el tiempo. Produce fruto en el momento justo pero ninguno sabe explicar su fuerza misteriosa. ¡Ninguno, ni aún el dueño! ¡Sólo Dios!

Jesús sembró las semillas de amor y justicia, pero los resultados se mantienen pobres. Sin embargo nosotros perseveramos pacientes, como Dios es paciente, y no nos rendimos. El Reino florecerá. Mientras tanto, cada uno de nosotros es una semilla, con poder para crecer. Tengo que llegar a ser un árbol y hacer crecer las ramas en las que otros pueden encontrar abrigo y protección. Con la ayuda de Dios debo llegar a ser un árbol que limpia el aire sofocante de forma que otros puedan respirar y vivir.

La historia del pequeño grano de mostaza que crece y se hace grande. La segunda comparación es con un grano de mostaza que crece y se vuelve capaz de albergar los nidos de los pájaros. También está presente la imagen de un crecimiento «misterioso», providencial», pero se destaca esa capacidad de albergar nuevas vidas.

La semilla de mostaza es muy común en Palestina, de modo particular junto al lago de Galilea. Es conocida por su singular pequeñez. En Lc 17,6 Jesús usa esta imagen para expresar su esperanza de que sus discípulos tengan un mínimo de fe: «Si tuviereis fe como un grano de mostaza...». Esta parábola tan sencilla compara dos momentos de la historia de la semilla: cuando es enterrada (los inicios modestos) y cuando se hace un árbol (el milagro final). Por tanto, la función del relato es explicar el crecimiento extraordinario de una semilla que se entierra en el propio jardín, a lo que sigue un crecimiento asombroso al hacerse un árbol.

Al igual que esta semilla, el Reino de Dios tiene también su historia: el Reino de Dios es la semilla enterrada en el jardín, lugar que en el Nuevo Testamento indica el lugar de la agonía y de la sepultura de Jesús; sigue después el momento del crecimiento en el que llega a ser un árbol abierto a todos. Así es el Reino. Comienza muy pequeño, crece y extiende sus ramas.

Aprendamos a tener paciencia:

Vivimos en un tiempo en el que se espera siempre eficiencia y resultados inmediatos. Pero una planta o un árbol necesita tiempo para crecer; y las relaciones humanas no pueden construirse, ni nuestros problemas resolverse, de la noche a la mañana. También la gente necesita tiempo para crecer y cambiar. Afortunadamente, Dios es paciente con nosotros. Pero nosotros debemos ser pacientes unos con otros y, con la ayuda de Dios, permitir a los demás, a la Iglesia, al Reino de Dios de justicia, amor y paz, el tiempo necesario para crecer. Nosotros justamente podemos solo sembrar la semilla y, a continuación, esperar con confianza. Si sembramos buena semilla, ciertamente crecerá. Jesús nos asegura que brotará y que dará fruto.

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