Practicar la Palabra de Dios

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 15/07/2017 - 10:33am
Edicion
325

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

15° domingo del tiempo ordinario

Isaías 55,10-11: «La lluvia hace germinar la tierra»

Salmo 65(64): «Nos respondes con prodigios favorables, Dios Salvador nuestro»

Romanos 8,18-23: «La creación, aguarda la plena manifestación de los hijos de Dios»

San Mateo 13,1-23: «Salió el sembrador a sembrar»

Comentario:

Dios ha querido darse a conocer a su creatura el hombre y revelarle el plan maravilloso que tiene para él. Ha recurrido entonces a usar palabras de hombre, marcadas sin embargo por la verdad, la belleza, la eficacia propia de Dios. Su comunicación, llamada la Revelación, está consignada en la Biblia. La liturgia de hoy está dedicada al poder transformante de la Palabra de Dios.

Escuchamos en Isaías comparar la Palabra de Dios con la lluvia y la nieve. Sin ellas la tierra es estéril. Descienden sobre la tierra, la empapan, la fecundan, la hacen germinar y producir frutos. Como buen pedagogo Dios nos hace entender la función de su Palabra: brota de El, viene al hombre que la escucha e impregna su corazón, su interioridad. Le revela el sentido y la finalidad de su presencia en el mundo. sobre la Palabra de Dios que garantiza la prosperidad y la justicia que es la base de la paz. El profeta hace una invitación a la conversión para gozar de la buena noticia de consuelo y esperanza para el pueblo.

También el salmo 65(64) sigue con la comparación poética de la vida del campo: la tierra, la acequia de agua, el riego, la llovizna suave que empapa los terrones, los brotes y, por fin, la cosecha que llena de gozo al campesino: «Las colinas se orlan de alegría... los valles se visten de mieses que aclaman y cantan»

Lo que advertía el profeta Isaías en la 1ª lectura, lo recoge San Pablo en su carta a los cristianos de Roma. Todos los frutos de la palabra de Dios no son siempre percibidos en el presente. La Palabra tiene tendencia a una plenitud futura. Esto es lo que S. Pablo está tratando de decir «Nosotros, aunque ya tenemos los primeros frutos del Espíritu, gemimos interiormente mientras esperamos la redención de nuestros cuerpos». La dificultad para alcanzar la vida nueva de resucitados con Cristo, es real. Pero nuestra esperanza tiene sólidos fundamentos.

En el Evangelio, un día desde una barca, que es imagen de su Iglesia, Jesús habló a una multitud. Lo hizo con una parábola. Es una manera de transmitir el mensaje usando comparaciones. Comparó la Palabra de Dios que él anunciaba con una semilla. Quiso decir que esa Palabra de Dios quedaría inútil e infecunda si el hombre no la escucha, la acoge en su corazón, le da la oportunidad de fructificar.

En una siembra se necesita un sembrador, una semilla, un terreno para ser sembrado por el sembrador con esa semilla. El sembrador en el caso es Dios mismo. Ha sembrado en el mundo su palabra desde el comienzo. Lo hizo al darnos a Jesucristo, su Hijo encarnado. Y éste a su turno hace de sembrador pronunciando lenguaje nuestro. La semilla es el Reino, o sea, lo que Dios quiere hacer en beneficio temporal y eterno del hombre. Es esa maravillosa actividad salvadora que a todo lo largo del tiempo se produce. La parábola de hoy, la del sembrador, si se lee sola (Mt. 13, 3b-9), sin la interpretación alegórica posterior es muy clara en este sentido: el Reino ha sido sembrado; es cierto que se pierde mucha simiente, pero también es verdad que hay mucho fruto.

Algunas preguntas para pensar durante la semana

1. ¿Con qué clase de "terreno" de la parábola me identifico?

2. Una granizada de 10 minutos destruye el trabajo, el esfuerzo, la esperanza y la ilusión de todo el año. ¿Sucede eso con la Palabra sembrada en nosotros?

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