Renunciar para adquirir

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 13/10/2018 - 9:55am
Edicion
390

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

28 domingo del tiempo ordinario

Evangelio: San Marcos 10,17-30

Jesús, seguido de sus discípulos sube hacia Jerusalén, al encuentro de su pasión, muerte y resurrección. En ese contexto, el evangelio de san Marcos, en la voz de un espontáneo que no es del grupo -(el evangelio de Mateo dice que se trataba de un «joven»: Lucas dice «uno de los principales»), llega corriendo, con afán existencial, donde él. Se arrodilló, como ante quien se ha encontrado lo sagrado. Plantea a Jesús la cuestión fundamental del sentido de la vida de todo hombre, pregunta que todos debemos hacernos: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». No habla del mundo pasajero que vive, no es su preocupación lo meramente terrenal. Su preocupación es la vida eterna. El hombre ha soñado vida eterna, pero su sueño se ha desvanecido siempre en la hora de la muerte. ¿Habrá solución?, ¿dónde?, ¿en el hombre?.

Ese personaje la busca en el «Maestro bueno».

Siente que ante él se abren dos mundos. Los puede definir en el tiempo: el presente y el futuro, el hoy y el mañana. El hoy le da seguridad y la tiene. El mañana es incierto y le genera temor e inquietud. No desconoce la importancia que tiene y por eso interroga a quien juzga tiene la respuesta definitiva: el «Maestro bueno», que por ser bueno pertenece al mundo de Dios. También lo puede considerar como el mundo de Dios, el de arriba, el eterno; y el mundo del hombre, de aquí abajo, de la tierra, amenazado de finitud.

Jesús es el perfecto educador de la fe. No le da una respuesta tajante sino que lo lleva a que él mismo la descubra. Jesús desvía la atención de sí mismo hacia Dios, porque le interesa hacer la voluntad del Padre, revelar el Proyecto del Padre. Cristo lo lleva pedagógicamente al descubrimiento del camino que lleva a la vida eterna. Lo cuestiona en sus valores religiosos: «Ya conoces los mandamientos». Ellos te ponen en contacto con Dios y su voluntad. Jesús empieza por leer su pasado y su presente. Lo hace confrontándolo con los mandamientos del Señor que regulan la vida total del hombre: su dimensión humana, temporal, social; y su dimensión divina que lo sitúa necesariamente ante el Misterio de Dios.

El personaje había pedido qué hacer para heredar la vida eterna. ¡Quería vivir junto a Dios! Y Jesús le recuerda sólo los mandamientos que indican una vida junto al prójimo: «Ya sabes los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». No recuerda los tres primeros mandamientos que definen la relación con Dios. Para Jesús, conseguimos estar bien con Dios si conseguimos estar bien con el prójimo. No se puede engañar. La puerta para llegar a Dios es el prójimo. ¡No hay otra!

En esa fase, el personaje que interroga sale bien librado. Su respuesta, sincera y veraz, hace de él un completo cumplidor de la ley divina: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Lo que es extraño es lo que sigue. El joven ha querido saber cuál es el camino de la vida eterna. Ahora, el camino de la vida eterna era y continúa siendo: hacer la voluntad de Dios expresada en los mandamientos, Quiere decir que aquel hombre observaba los mandamientos sin saber para qué servían. No sabía que la observancia de los mandamientos que él practicaba desde la infancia, era el camino para llegar a Dios, a la vida eterna. Es como muchos católicos de hoy, que no saben para qué sirve ser católico. «He nacido en Italia, he nacido en España, por esto soy católico». ¡Una costumbre!

Jesús conoce su corazón, sabe que dice verdad. Marcos lo insinúa con un detalle maravilloso: Jesús lo miró con cariño. Es su aprobación que llega al fondo de la persona. Se siente comprendido y amado: es la mirada de Jesús para todo buen discípulo. Pero Jesús lo quiere llevar siempre más allá: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Lo dicho no puede llenar totalmente el corazón legítimamente ambicioso de todo buscador de Dios.

Jesús mismo sabe que no basta observar los mandamientos. Esa persona los ha cumplido pero queda todavía preguntando por la vida eterna. Ella es más que la práctica de leyes. Su respuesta merece ya un asomo de la vida que busca. La descubre de seguro en esa mirada de cariño de Jesús. Pero Jesús quiere derrumbar su otra seguridad: la riqueza del mundo. Le pide hasta lo que parece imposible: Anda, vende, regala, despójate, arroja tus seguridades y lánzate en la aventura que yo te ofrezco: luego, ven y sígueme. Es el camino de la vida eterna. Hasta ahora ha sido un buen judío, un hombre satisfecho, pero el paso definitivo, desconcertante, paradójico, es dejar y renunciar para encontrar lo que se busca. Ese paso no se da sin dura exigencia. Supone un doble movimiento: Renuncia («véndelo y dáselo a los pobres») y adhesión («ven y sígueme»); los dos íntimamente unidos.

Renunciar para adherir; poder adherir porque se ha renunciado. Adherir, en el mundo de Jesús, es encontrar a Dios y con él la plena dimensión del ser mismo del hombre. Pero ese paso no se da sin una renuncia que relativiza el presente con todas sus seguridades: bienes, reputación,  tranquilidad. Es abrir la puerta del inseguro y entrar en él apoyados en la fe, única que nos puede dar seguridad.

¿En ese momento qué le puede ofrecer Jesús? El es un caminante que no tiene bienes, ni casa propia, ni donde reclinar la cabeza, que vive a merced de la generosidad de los demás (cfr. Lc 8, 1-3). Va hacia un final que conoce y que sabe que es doloroso. Ante él se presenta erguida la cruz. Algunos dirían que hay ironía, otros descubrirán que hay verdad, realidad, plenitud.

Esa respuesta de Jesús no resulta aleccionadora para el que preguntó. A pesar de la mirada de Jesús, del encuentro con el Maestro buscado, el hombre se va por su camino. No dio el paso despojante de la fe.

La conversión que Jesús quiere es progresiva. La observancia de los mandamientos solamente es el primer escaño de una escalera que va más lejos y cada vez más alto. ¡Jesús pide más! La observancia de los mandamientos prepara a la persona para poder llegar al don total de sí a favor del prójimo Los Diez Mandamientos son el camino para llegar a la práctica perfecta de los dos mandamientos del amor hacia Dios y hacia el prójimo. Jesús pide mucho, pero lo pide con mucho amor. El joven no acepta la propuesta de Jesús y se marcha «porque tenía muchos bienes».

Después que el joven se aleja, Jesús comenta su decisión. ¡Cómo es difícil para un rico entrar en el Reino de Dios! Los discípulos quedan estupefactos. Jesús repite la misma frase y añade un proverbio que se usaba para indicar una cosa humanamente imposible. ¡Es más fácil para un camello entrar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios! Cada pueblo tiene sus expresiones y sus proverbios, que no se pueden tomar literalmente.

Los discípulos quedan asombrados con la afirmación de Jesús. Señal esta de que no habían entendido la repuesta de Jesús al joven rico: «Ve, vende todo lo que tiene, dalo a los pobres y ¡ven y sígueme!». El joven cumplía con los mandamientos, pero sin entender el porqué de la observancia. Algo parecido estaba sucediendo con los discípulos.

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