Yo soy el pan de vida

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 11/08/2018 - 1:29pm
Edicion
381

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

 

19° domingo del tiempo ordinario

Evangelio: San juan 6,41-51

¿Qué alcance tiene esta expresión, sobria en palabras pero rica en contenido? Compromete a Dios y compromete al hombre en lo fundamental: en la relación que existe entre él y nosotros. De un lado está Dios en la plenitud de su ser no sujeto a debilidades; del otro el hombre, caminante incansable, sometido a la fatiga y a la frustración.

Un día Jesús, de quien Elías era apenas una lejana figura, se enfrenta con la comunidad de Israel. En él se da el encuentro perfecto entre Dios y el hombre. Quiere hacer entender al hombre de su tiempo que ese encuentro no solo es posible sino que se está dando. Cuando ha dicho: Yo soy el pan bajado del cielo está revelando su ser, el misterio de su persona.

Para unos oídos atentos a la Palabra de Dios era un lenguaje que rayaba en la blasfemia. Apropiarse la expresión “Yo soy”, en ese contexto, era usar una apelación divina. Decir que “ha bajado del cielo” no expresa un traslado espacial sino que afirma que ha salido del interior mismo de Dios, de su misterio infinito para llegar al hombre. “Cielo” puede ser una manera de llamar a Dios, evitando su nombre por venerado respeto.

La reacción de los judíos es comprensible. Ante sus ojos había un hombre, inserto en una familia conocida, como todos nosotros. Es una fuerte expresión de la realidad de la encarnación.

Jesús no les da explicaciones. Les habla del misterio de su persona: de su Padre que lo ha enviado... Del objetivo final de su misión: Resucitarlos en el último día. O sea, abrirles el camino de la entrada en la experiencia íntima de Dios, superada la contingencia humana.

Para entenderlo, les pide ponerse como discípulos en la escuela de Dios, todos, sin excepción: «Serán todos enseñados por Dios». El es intermediario entre ese Padre invisible pero real, tan real como todas sus intervenciones salvadoras en la historia, y los hombres, necesitados de Dios. Jesucristo le da visibilidad en el mundo y en el tiempo. «Es Dios con rostro de hombre», dice el Papa Benedicto XVI. Su Palabra sale de la entraña divina y anuncia al hombre el designio de Dios sobre él.

Lo que él ofrece al hombre en esa palabra y en ese pan de vida desborda toda capacidad humana. A diferencia de los antepasados para esos que lo escuchan Dios tiene un ofrecimiento de vida eterna. Pero es necesario escuchar esa palabra, comer ese pan de vida, entrar en el camino de Dios: El que coma de este pan vivirá para siempre. ¿Dónde encontrar ese pan? En la realidad humana de Jesús: El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Ese término carne lo designa a él en la realidad de la encarnación.

En la celebración de la pascua, los judíos recordaban el pan del desierto. Jesús nos ayuda a dar un paso más. Quien celebra la pascua recordando solamente el pan que los padres comieron en el pasado, acabarán muriendo como todos ellos. El verdadero sentido de la Pascua no es recordar el maná caído del cielo, sino aceptar a Jesús como el nuevo Pan de Vida y seguir el camino que él nos enseñó. Ahora ya no se trata de comer la carne del cordero pascual, sino de comer la carne de Jesús, para que no perezca aquel que la come, sino que tenga ¡la vida eterna!

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