Votar ciudad, cultura y territorio

Por Carlos Botero el Sáb, 10/03/2018 - 6:33pm
Edicion
359

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Por Carlos Enrique  Botero Restrepo

Arquitecto Universidad del Valle; Master en Arquitectura y Diseño Urbano, Washington University in St: Louis.

Profesor Maestro Universitario, Universidad del Valle. Ex Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad del Valle (de2012 a 2015) y Director del CITCE (Centro de investigaciones Territorio Construcción Espacio) de 2006 a 2010.


Dentro de una campaña preelectoral marcada por los odios y la polarización, es casi imposible esperar que desde aquí se vaya a dar un paso firme hacia delante, hacia el desarrollo social, basados en planteamientos de fondo sobre temas cruciales para el país y las regiones, que permitan poner en primer plano un verdadero debate democrático. Donde nadie escucha, todos gritamos.

El abuso de los medios y de las llamadas redes sociales que llenan todos los espacios de opinión, convirtiendo el actual proceso en una gritería insustancial, tiende un manto oscuro que obstaculiza el debate sobre las necesarias decisiones de fondo que permitan sentar las bases de una nación que pretende (o pretendería) construir sobre las ruinas de la violencia que es más que cincuentenaria.

Votar a conciencia es un acto profundo de cultura, de cultura política, la más desconocida y, paradójicamente, la más despreciada y atacada de todas. Sólo son visibles, a estas alturas de la segunda década del siglo XX en Colombia, los campeonatos imbatibles de corrupción ganados por políticos con altos índices de votación que han asumido pagar unas penas irrisorias en cómodas cárceles sin arriesgar un milímetro de lo que de territorio controlan, ni mucho menos de perder fuerza su maquinaria de chantaje sobre la población.

Son muy pocos los discursos de candidatos a senado y cámara que estén fundamentados en concepciones basadas en el estudio profundo y serio de nuestra historia nacional, que expliquen la apropiación privada criminal de todos los bienes productivos –empezando por la misma tierra que habitamos- y que perfilen consecuentemente las condiciones para la construcción sostenida de un país más equitativo y justo. Hay que encontrar algunos planteamientos valiosos que, sin la repetición hueca de frases de cajón, pongan por delante la educación y permitan derrotar efectivamente la corrupción. Pero si esto es posible y, si se alcanza un nivel mínimo de elección de legisladores honestos y capaces, hay que entender que quien vota debe hacerle seguimiento al trabajo de sus elegidos, cuestión también de cultura política.

La amenaza que representan las maquinarias electorales que permiten su recurrente control de los órganos legislativos, se alimenta en gran parte del despiste y desinterés de los nuevos ciudadanos de entre 18 y 30 años que componen buena parte del ejército de abstencionistas que se niegan a participar en el único proceso que, siendo parte de la cultura ciudadana, puede permitir sentar las bases para la construcción de una sociedad en paz camino a un desarrollo sostenido y sostenible, educada para una vida creativa y participativa.

Voto por quienes tienen las manos limpias y los fundamentos suficientes para estructurar una nación en paz a partir de vencer la corrupción y de estructurar un estado que incluya a todos los habitantes de esta nación. Voto por la educación y por el desarrollo basado en el conocimiento que es cultura democráticamente posible, a partir de la cual ciudad y territorio son el producto más alto posible en un mundo urbanizado. Amén.

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