Cultura urbana, cultura citadina

Por Carlos Botero el Sáb, 09/06/2018 - 11:32am
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372
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Por Carlos Enrique  Botero Restrepo

Arquitecto Universidad del Valle; Master en Arquitectura y Diseño Urbano, Washington University in St: Louis.

Profesor Maestro Universitario, Universidad del Valle. Ex Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad del Valle (de2012 a 2015) y Director del CITCE (Centro de investigaciones Territorio Construcción Espacio) de 2006 a 2010.


la gente de la ciudad, no solamente vino del campo, sino que todavía no ha terminado de llegar

En un debate académico en plena mitad de la década de los 80 del siglo pasado, donde se debatía alrededor del tema de literatura urbana –a alguien se le ocurrió que podría haber una agraria o campesina- el connotado poeta nadaísta X-504 alias Jaime Jaramillo Escobar afirmó en su exposición que quienes planteaban el tema olvidaban que sobre los temas del campo se escribía desde la ciudad. Pero además olvidaban que “… la gente de la ciudad, no solamente vino del campo, sino que todavía no ha terminado de llegar”.

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Treinta y tres años después, la frase entre comillas sigue vigente y seguramente lo seguirá siendo hasta que en Colombia se resuelva el problema de posesión y acceso a la tierra

Treinta y tres años después, la frase entre comillas sigue vigente y seguramente lo seguirá siendo hasta que en Colombia se resuelva el problema de posesión y acceso a la tierra. Desde aquel año hasta hoy, el desplazamiento de cientos de miles de colombianos de una región a otra, o de una región cualquiera a cualquier centro poblado o ciudad de cualquier tamaño, no se detiene, aunque aparentemente cambien de traje los promotores de tal ejercicio demográfico y territorial. Es difícil, por lo tanto que, por sobre esa condición generalizada en todo el país, se pueda esperar que existan patrones culturales comunes asumidos por toda la población que orienten –entre otras muchas cosas- los comportamientos de las gentes en la ciudad, en su espacio público y en sus edificaciones comunales -equipamientos colectivos después de la Ley 380-. Para repetirlo: nadie hace un curso para usar la ciudad antes de llegar a ella y solamente las experiencias previas de vida urbana permitirán entender las diferencias de comportamiento entre unos grupos de inmigrantes urbanos y otros, todos de disímil procedencia.

Toda esta reflexión viene a cuento a partir de una columna reciente en el diario El País de Cali donde su autor se lamentaba de algunos usos (o abusos) de la Plaza de Caicedo después de una intervención de aseo, limpieza y jardinería, que la habían dejado como una tacita de plata, como para la foto. Efectivamente, todo esfuerzo “cívico” llegó hasta la toma de fotografías que registran el encanto de la plaza. A partir de ese momento, se inició el proceso de deterioro que pocos días después dejaron la plaza en su estado de deterioro anterior a la toma de la fotografía. La causa principal, según el columnista quejoso, es que el lugar se ha convertido en una especie de vitrina para ofrecer prostitución variopinta: putas de más de treinta años y putitas de entre menores de edad y de veintitantos años (póngale cualquier número). Para completar el cuadro, dice el escritor, llega una autoridad local y organiza la presentación de eventos musicales ruidosos que perturban la tranquilidad del entorno laboral de la plaza.

Cada quien usa los espacios de la ciudad según su nivel de desarrollo cultural y según los necesite

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evidencia claramente muchos problemas que estamos muy lejos de resolver

Para quienes están interesados en el estudio de estos fenómenos del espacio público, la anécdota de lo sucedido evidencia claramente muchos problemas que estamos muy lejos de resolver. Cada quien usa los espacios de la ciudad según su nivel de desarrollo cultural y según los necesite. Los tinterillos y tramitadores de máquina de escribir que fueron desplazados hacia el Parque de Los Poetas hace unos cuantos años, no eran ninguna plaga, sino unos de los usuarios permanentes de la plaza, como lo eran también los viejos jubilados que encontraban en su visita rutinaria una manera de mantener su estatus de habitante de un Cali que empezó a diluirse en los años sesenta. A los escribanos y cagatintas los acabó finalmente el computador y la internet que declararon obsoleto el oficio de traductores de muchos ciudadanos iletrados, elevando en su nombre quejas y enfrentando procesos burocráticos que hoy tiene otras formas “desespacializadas” para resolverse.

Las putas de las calles de Roma, alrededor del Coliseo y del mismo Vaticano son distintas a las de la Plaza de Caicedo en que allá hablan algo de italiano y las de aquí todas en castellano.

Las putas de las calles de Roma, alrededor del Coliseo y del mismo Vaticano son distintas a las de la Plaza de Caicedo en que allá hablan algo de italiano y las de aquí todas en castellano.

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