Dios espera que demos fruto

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 07/10/2017 - 6:35am
Edicion
337

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

27° Domingo del tiempo ordinario

 

Lecturas:

Is. 5,1-7: «La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel»

Sal. 80 (79): «Señor, ven a visitar tu viña»

Flp. 4, 6-9: «Pongan esto por obra, y el Dios de la paz estará con ustedes».

Mt. 21,33.43: «Arrendará la viña a otros labradores».

Comentario:

Nuestra Celebración cristiana del Domingo nos ofrece la oportunidad de compartir nuestra fe y contrastar nuestro modo de proceder con lo que el Señor quiere de nosotros. Por ello nos preguntamos sobre nuestra respuesta al amor de Dios en nosotros y cuál es nuestra actitud para serle fieles tal como nos pide hoy la Palabra de Dios.

La liturgia de este domingo es un conjunto de parábolas sobre la viña y sus frutos. Comenzamos con el bello poema de Isaías sobre el pueblo de Israel y la viña de Dios. Dios hizo lo mejor que pudo para cultivar esta viña, pero al final ésta no produjo los frutos deseados; rechazaron su mejor fruto, Jesús. Como consecuencia, la viña de Israel quedó destinada a ser arrasada.

San Pablo espera buenos frutos de las comunidades cristianas: paz, justicia, pureza, bondad y solidaridad, etc. Y nos recuerda que todo fruto bueno es un don de Cristo, a quien debemos seguir en su Iglesia. La parábola de los administradores de la viña. La anterior profecía de Isaías queda aquí dramatizada. El dueño de la viña, por supuesto, es el Padre.

La viña es su pueblo elegido de IsraeL Los administradores son sus líderes, durante el transcurso de la antigua Alianza. No actuaron bien; los buenos frutos fueron escasos. Los primeros enviados son los profetas. Los. administradores los despiden, aun los tratan mal. Entonces el dueño envía a su propio hijo. El es también rechazado y muerto. Seguidamente, el dueño no tiene otra alternativa que arrendar la viña a otros administradores, que harán de la viña algo fructífero.

La parábola subraya el misterio de la revelación de Dios transferida de los judíos a los gentiles. Más profundamente todavía, subraya la naturaleza del Reino de Dios: para compartirlo necesitamos dar fruto. Nadie está en el Reino «por derecho propio», ya sea éste la sangre, la nacionalidad, la cultura, la herencia, la posición social o religiosa, etc. Nadie puede dar el Reino por supuesto como fue el caso de muchos líderes de Israel, y actualmente de muchos «católicos formales».

Algunas preguntas para pensar durante la semana

1. Dada mi familia, mi educación o tradición, ¿doy por supuesta mi

participación en el Reino?

2. ¿Pongo atención a los actuales auténticos profetas en la Iglesia, o no les

hago caso?

 

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