Ideal del matrimonio según Dios

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 06/10/2018 - 9:53am
Edicion
389

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

27 domingo del tiempo ordinario

Evangelio: san Marcos 10, 2-16:”Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

No siempre las preguntas eran bien intencionadas. No nacían de la necesidad de conocer la verdad. La que se propone ahora tiende una trampa al Señor. ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Todavía la ley era discriminatoria. El hombre podía despedir a la esposa, pero no la esposa al esposo. Así planteada la cuestión, Jesús no podía sino afirmar que sí. La ley lo preveía y no podía irse contra ella.

Cristo lleva a su plenitud este proyecto de Dios sobre el hombre. A lo largo de la historia de Israel, de la que es testigo la Biblia, se fueron encontrando las deficiencias de ese proyecto divino cuando se vive en la realidad concreta del hombre. Amores que se desgastan, infidelidades y traiciones, intereses egoístas que arruinan la pareja.

Sabiendo Jesús que habla con un entendido en la ley de Moisés le pregunta a su turno: ¿Qué mandó Moisés? El fariseo responde rectamente: Moisés lo permitió. Los hombres de la ley judía se enredaron en explicaciones, unos con carácter rigorista, otros con mayor benevolencia. Llegaron a decir que si la mujer preparaba mal los alimentos el hombre podía despedirla.

Entonces, ¿dónde está la novedad y la radicalidad que trae el reino de Dios que predica Jesús? El los invita a remontar a los orígenes. A buscar la motivación primera y original en el plan de Dios sobre la unión de amor entre el hombre y la mujer.

El mismo Señor se encarga de interpretar ese texto. El plan original de Dios ha sido desvirtuado por la incapacidad del hombre para responder con fidelidad a la propuesta divina. El mismo Moisés cedió ante la presión del pueblo y permitió que viniera el divorcio y la separación.

Por encima de la casuística la posición de Jesús es clara: busquemos el plan de Dios en toda su pureza y su originalidad. Conoce bien el texto del Génesis: Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer... Abandonará el hombre a su padre y a su madre... se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne... La carne no expresa una parte de la realidad humana sino la totalidad de la persona considerada desde su inserción en el tiempo: frágil, caduca, mortal. Proyecto de amor de Dios en la debilidad humana.

Y luego la frase lapidaria de Jesús: «Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre». Es la defensa del plan de Dios en su autenticidad, y la defensa de la fragilidad humana sometida a las cambiantes contingencias propias de su acontecer en el tiempo.. Mayor confianza en el amor infinito y estable de Dios por encima de las fisuras que el hombre aporta desde su limitación al querer grandioso de Dios.

Y él va al rescate de esa decisión divina. Cuando se emprende el viaje hacia Jerusalén, a enfrentar muerte y resurrección, el Señor presenta a sus discípulos intacta la voluntad del Padre Dios. Seguir a Cristo, en último término, es aceptar ese camino.

Así lo entendieron los discípulos y ya en la intimidad volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Jesús responde categóricamente: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio». Y no vuelve sobre sus palabras. El querer de Dios no es negociable.

El hombre puede divorciarse de la mujer, pero también, y en esto Cristo establece una novedad, la mujer igualmente puede divorciarse del hombre. Separarse es rasgar dolorosamente esa única carne que es la unión matrimonial. No parece haber el mutuo consenso sino decisiones unilaterales, egoístas e injustas. Pero el Señor insiste en que la Voluntad divina no es esa y que el querer original de Dios sigue vigente.

El corto pasaje que sigue está en la línea de lo precedente. Es la segunda actitud fundamental que pide Jesús a sus discípulos en ese caminar de la vida nueva que él ofrece. Bajo la imagen del niño, débil, dócil y confiado ante sus padres, pide a los discípulos ser igualmente acogedores, con la sencillez de un niño, de lo que Dios les pide. Hacerle confianza a Dios como a quien busca nuestra felicidad es disposición fundamental de toda vida religiosa y cristiana. Y no podemos menos de sentir que el afecto cuidadoso de Dios nos protege como lo hacía Jesús con esos niños, defendiéndolos de la incomprensión de los apóstoles.

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