El espíritu que une y reconcilia

Por Héctor de los Ríos el Sáb, 03/06/2017 - 8:20am
Edicion
319

P. Héctor De los Ríos L.

Vida nueva

Pentecostés - A

Lecturas:

Hechos 2,1-11: «Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar»

Salmo 104(103): «Envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra»

1Corintios 12,3b-7.12-13: «Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu»

San Juan. 20,19-23: «Como el padre me envió, así también los envío Yo»

El relato de los Hechos de los Apóstoles sobre la venida del Espíritu Santo nos da muchas indicaciones para entender mejor el papel del Espíritu en la Iglesia y en la sociedad.

Para comenzar, el Espíritu Santo es el que realiza la unidad y la fraternidad en el género humano. Esto está simbolizado en el texto por los varios pueblos y lenguas que entendían la única lengua hablada por los Apóstoles.

San Pablo vuelve sobre la misma idea: el Espíritu Santo que une a los miembros de la Iglesia en un cuerpo. Pero por cuanto el Espíritu es en alto grado Espíritu de renovación y creatividad, el Cuerpo de la Iglesia no es uniforme, sino que sus miembros están llenos de diferentes vocaciones, gracias y cualidades. Esto es también don del Espíritu, que hace El Evangelio nos recuerda que la paz y el perdón -aun el perdón de los pecados por la Iglesia- son dones y efectos del Espíritu Santo. Son también una dimensión de la unidad y fraternidad en la Iglesia y en la sociedad. La paz proviene de una fraternidad sólida y bien establecida. La fraternidad proviene de la práctica de la justicia y la misericordia, que va más allá de la justicia. Cuando esta práctica es suficientemente estable, se arraigan la fraternidad y la verdadera paz.

Acentuemos, como lo hace este Evangelio, la importancia de la misericordia para edificar la fraternidad y la paz. La misericordia tiene que ver con el perdón y la reconciliación, muy aptamente expresado en el sacramento de la reconciliación -mencionado en el Evangelio- y en todo gesto y actitud humana que lleva a la reconciliación.

El perdón y la reconciliación son particularmente urgentes en nuestros días. Muy obviamente en nuestra sociedad, pero igualmente en familias y unos con los otros. La pura justicia no es suficiente, pues la justicia responde en dar a cada uno lo suyo, pero no llega al perdón. Y en la sociedad ha habido tanta injusticia, violencia y odio, que sin reconciliación y perdón la paz y la fraternidad no pueden ser restauradas. Ese es también el caso en muchas familias y relaciones personales.

Estas son exigencias cristianas difíciles y a veces duras. Y cuando miramos la realidad humana, nos desanimamos. Una vez más, Pentecostés como la Fiesta del Espíritu creador de fraternidad y paz debería levantarnos el ánimo, y recordamos que el perdón y la fraternidad son un don de Dios, antes que nada, y este don nos ha sido dado por el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones.

Algunas preguntas para pensar durante la semana

1. Recuerde casos en que usted ha perdonado por deseo de unidad y fraternidad.

2. ¿Está guardando algún rencor en estos días? ¿Qué debería hacer?

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