Cyborgs, personas que no se consideran 100% humanos

Por Redacción el Sáb, 02/12/2017 - 12:25pm
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Los humanos cada vez son más dependientes de la tecnología. Las herramientas digitales, las aplicaciones y la evolución de la ciencia les han permitido extender sus sentidos para hacer cosas que antes solo eran parte de la ficción. Hoy es común hablar con alguien que está al otro lado del mundo a través de una videoconferencia, comunicarse en idiomas desconocidos por medio de los traductores y moverse como pez en el agua en países inexplorados gracias a los mapas digitales.

No por eso el ser humano ha dejado de concebirse a sí mismo como parte de esta especie. Sin embargo, ya hay un gran número de personas que se autodenominan ciborgs y transespecie. Se trata de aquellos que no se consideran 100 por ciento humanos.

Neil Harbisson dijo que no se puede definir qué es ser ciborg  pues es igual de complejo que definir a una mujer o a un hombre. No obstante, aclara que para él implica no solo usar tecnología, sino ser tecnología. Por eso también se define a sí mismo como transespecie porque tiene un sentido que no pertenece a la raza humana.

Este ciborg nació hace 33 años en Reino Unido y creció en Mataró, España. Tiene acromatopsia, una condición visual que solo le permite ver en escala de grises. Pero el color nunca ha pasado desapercibido porque las sociedades lo usan a diario para describir desde lugares hasta rasgos físicos de una persona. Como Neil no puede diferenciar el color y como no puede ignorarlo, siempre se ha interesado por conocerlo.

A los 18 años fue a Irlanda para estudiar piano y al año siguiente viajó a Londres a aprender composición musical en Dartington College of Arts. Asistió a una conferencia de innovación de Adam Montandon y se le ocurrió crear un órgano que le permitiera diferenciar los colores, pero mantener su visión en blanco y negro porque tiene algunas ventajas como ver mejor en la noche y tener mejor definición de los objetos.

En 2003, junto a Montandon, desarrolló una antena cibernética que, a través de sonidos, le permite detectar los colores. El dispositivo capta el espectro de luz que hay frente a él y se lo transmite en forma de sonido. Neil tuvo que memorizar un sonido por cada color y su cerebro tuvo que adaptarse a escuchar los sonidos constantemente.

Neil ha ido mejorando este órgano y ahora puede diferenciar más de 300 colores, la intensidad de tonos, reconocer infrarrojos, rayos x y ultravioleta. Además, ha añadido a su antena conexión a internet vía Bluetooth, lo cual le sirve para recibir fotografías de satélites y escuchar los colores que hay en el espacio. Cinco personas, uno en cada continente, tienen permiso para enviarle imágenes, sonidos o videos directamente a la cabeza.

Al principio el artista tenía la antena externa pero quería que hiciera parte de su cuerpo. Después de mucho buscar, encontró a un médico que se animó a hacerle el trasplante con la condición de que guardara su identidad. Esta idea para las comunidades de bioética parecía descabellada —y sigue pareciendo— porque no había ninguna necesidad médica. “En este tiempo está pasando lo mismo que en los cincuenta y sesenta con los transexuales; nadie quería operarlos a menos que fuera a escondidas”, dijo Neil.

Además de las barreras médicas, Neil se enfrentó a otros inconvenientes. En una manifestación en 2004 la Policía dañó su antena y él lo denunció como maltrato físico porque la considera parte de su cuerpo. Cuando iba a renovar su pasaporte fue difícil porque según la norma no se puede aparecer con aparatos electrónicos. Pero superó esos obstáculos y fue reconocido por el Gobierno británico como el primer ciborg en el mundo.

El próximo proyecto de Neil es crear una corona que le permita percibir el paso del tiempo a través del movimiento del sol. Al ponérsela en su cabeza puede sentir calor. Si son las 12 del día siente calor en la frente. Si son las 6 de la tarde entonces sentirá calor en la nuca. Así podrá saber qué hora es en cualquier parte del planeta.

Moon Ribas, amiga desde la infancia de Neil, es una bailarina catalana de 32 años que siempre estuvo interesada en el movimiento. En 2008 su primer proyecto fue crear unos pendientes con sensores que le permitían saber a qué velocidad iban las personas o los objetos que estaban a su alrededor. Eran una especie de radar. Más tarde se interesó por el movimiento de la tierra. En 2012 creó un brazalete conectado a sismógrafos online que le permite sentir vibraciones cada vez que hay movimientos telúricos en cualquier parte del planeta. Hace poco decidió cambiar sus implantes a sus pies y ahora está desarrollando otro órgano que le permitirá percibir a actividad sísmica de la luna. “Es una idea que me resulta fascinante. Poder sentir la tierra y el espacio al mismo tiempo”, dijo ella.

Sus sensores sísmicos, al igual que los nuevos órganos que se hacen los ciborgs, se usan de forma externa al principio y cuando el cerebro logra adaptarse deciden implantarlo. Por el momento estos ciborgs no apoyan la incorporación de inteligencia artificial sino de sentidos artificiales ya que si solo insertan inteligencia artificial el cerebro humano no haría ningún esfuerzo.

Gracias a la compresión de las vibraciones que recibe Moon ha descubierto que la mayoría de movimientos de la tierra ocurren en el océano y que no son sinónimo de catástrofe. “Este nuevo sentido me ha hecho entender que los seres humanos se han pasado siglos transformando el planeta para sentirse cómodos. Lo que habría que hacer es diseñarnos a nosotros mismos para entender mejor a la tierra”.

Precisamente de eso se trata el movimiento ciborg, de diseñarse a sí mismo para adaptarse al planeta. Los ciborgs se inspiran en los sentidos y capacidades de otras especies para mejorar la percepción de la realidad. Moon afirmó que el convertirse en ciborg lejos de acercarla más a los robots la ha acercado más a la naturaleza: “Hemos visto que en muchos casos los animales se adaptan mejor a la naturaleza que nosotros. ¿Imagina qué pasaría si pudiéramos oler como un perro, o tuviéramos la visión de un águila? Eso cambia nuestra percepción de la realidad y podríamos vivir mejor en nuestro entorno”.

Manel Muñoz es un fotógrafo de 20 años que hasta hace poco decidió convertirse en ciborg. Creó un barómetro para predecir el tiempo. “Siempre me gustó mucho la lluvia. Pensé que si podía predecirla sería maravilloso”, afirmó. Todos los días usa en su cabeza un dispositivo cibernético que capta los cambios de fuerza que ejerce la atmósfera y las traduce en vibraciones. Para él volar en avión o en el metro puede ser toda una aventura.

Este proceso de crear órganos para percibir la realidad de otra forma es conocido como arte ciborg. Manel explicó que con esta expresión artística hay un cambio de paradigma porque la percepción de la obra pasa dentro del artista. “Tú eres el artista, la obra y tu propio espectador”. Pero a partir de este nuevo sentido crean ‘posarte’ para compartir su arte con los demás.

Según Neil, nadie podría sentir los colores como él, a menos que se implantara una antena. El artista agregó que hay una ruptura del paradigma en el arte porque los ciborgs son el instrumento en sí mismos y el que toca el instrumento es el entorno. En su caso, él es tocado por los colores que lo rodean. En el proceso de posarte lo que hace es compartir esos sonidos a través de una aplicación móvil que graba el sonido que el recibe en su cabeza. Moon, por su parte, danza o hace percusión a partir de los movimientos telúricos.

Manel es residente de la Cyborg Fundation creada por Moon y Neil en 2010. Esta organización además de ayudar a otros a diseñarse a sí mismos, lucha por sus derechos de los ciborgs a diseñarse a sí mismos y que sus órganos sean reconocidos como parte de su cuerpo. Los fundadores viajan por todo el mundo dando charlas para dar a conocer el movimiento social y exponer invenciones que han desarrollado. Una de las más destacadas es el diente que a través del Bluetooth permite comunicarse en código morse con otra persona que tenga el dispositivo.

Estos tres ciborgs son vegetarianos, defienden los derechos de los animales, el cuidado de la naturaleza, y celebran decisiones como la legalidad del aborto y el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Sienten vergüenza de cualquier tipo de discriminación. Incluso, les molesta que algunas personas los llamen superhumanos.

De este trío ninguno piensa en casarse ya que “encerrar algo tan irracional como el amor al matrimonio no parece tener sentido”, dice Manel. Moon no se cierra a las posibilidades porque lo que más le gusta es tener la libertad de cambiar de opinión y de cambiarse a sí misma. Pero por lo pronto su libertad es lo más importante. Neil tampoco quiere casarse o tener hijos y en caso de decidirse a ser padre adoptaría “pues ya hay mucha gente en el planeta como para ponerse a procrear”.

Para ellos la posibilidad de crearse a sí mismos es una especie de renacimiento de la especie. No descartan que en el futuro se puedan modificar los genes y crear nuevos órganos, no a partir de los chips, sino a través del ADN. Así las futuras generaciones podrían nacer con nuevos sentidos.

Manel espera conseguir que un médico se anime a hacerle el trasplante de su barómetro. El sueño de Moon es que la gente entienda que “la tecnología no es mala en sí misma sino el uso que se le da”. Neil suspira por un mundo en el que se respete la diferencia y que ninguna especie se considere mejor que otra.

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